viernes, mayo 10

Mi vida

« " Era un día frío, encapotado y lluvioso", cuando nos reunimos en la misma casa de Grünewald, pero esta vez el círculo era más reducido, por motivos de clandestinidad: sólo habían sido invitadas siete u ocho personas. El dueño de la casa, de quien sabíamos que tenía toda clase de contactos en el extranjero, no nos había comunicado tampoco en esta ocasión el objetivo del encuentro, por precaución. Apagó la luz y dejó encendida únicamente una lámpara de pie junto a la silla de mi cuñado, a quien entregó un paquetito de papeles, especialmente delgado y escrito por ambas caras. [...] Mi cuñado leyó un fragmento de prosa que, evidentemente, había llegado a Berlín de manera ilegal. Volvía a ser una carta escrita por un autor exiliado: Thomas Mann, la carta con que respondía a la retirada del doctorado honoris causa otorgado anteriormente por la Universidad de Bonn. La cuestión de qué haría Thomas Mann, residente entonces en Suiza, ante lo que estaba sucediendo en Alemania adquirió para mí, y no exagero, una importancia vital. Cuando aquella noche de febrero de 1937 escuché las primeras palabras de su carta me sentía muy inquieto; creo que temblaba. No tenía ni idea de qué cosa debía esperar, de qué decisión había tomado Mann, de hasta dónde había ido. Pero ya la tercera frase acabó con mi inseguridad, pues en ella se hablaba de poderes infames... que asuelan Alemania moral, cultural y económicamente. No había ya duda; en aquella carta Mann había tomado partido por primera vez y con toda claridad en contra del Tercer Reich. [...] En 1937 no podía saber aún que, durante la Segunda Guerra Mundial, Thomas Mann tendría ante la opinión pública un cometido que hasta entonces nunca había desempeñado un escritor alemán, el de convertirse en una contrafigura representativa claramente visible. Si tuviera que resumir con dos nombres lo que entiendo por alemanidad en nuestro siglo, respondería sin dudar: desde mi punto de vista, Alemania es Adolf Hitler y Thomas Mann. Esos dos nombres siguen simbolizando las dos caras, las dos posibilidades de lo alemán. Y tendría consecuencias devastadoras que Alemania quisiera olvidar o arrinconar una de ambas posibilidades. Nadie se atrevió a decir nada tras la última frase de la carta. El lector del texto propuso que hiciéramos una interrupción y charláramos luego sobre aquella pieza de prosa. Aproveché la pausa para dar las gracias y despedirme. Dije que no deseaba llegar demasiado tarde a casa, pues al día siguiente tenía que escribir un importante trabajo de clase. Era mentira. En realidad quería estar solo; solo con mi dicha ».


Marcel Reich-Ranicki