martes, marzo 31

Cómo se salvó Wang-Fô

"En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. 

(…)

Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas."



Marguerite Yourcenar
(Cuentos orientales), 1938.



domingo, marzo 29

El virus del pensamiento

"El padre de Ernest, el conocido caso Hombre de las Ratas de Freud, era una "rata del juego". En una oportunidad perdió 3,80 coronas jugando a las cartas. Era dinero que pertenecía a la Administración del Regimiento.

- Me tendría que pegar un tiro en la cabeza- le dijo a un amigo que era teniente.

- Seguro, pégatelo; un hombre que hace semejante cosa debería pegarse un tiro - le contestó.

Sin embargo el teniente le prestó el dinero y lo salvó.

Cuando terminaron los tiempos de la milicia el padre llegó a tener una posición acomodada y quizo devolverle el dinero al teniente. Pero jamás pudo hacerlo. La deuda quedó impaga.

Y la heredó su hijo. La deuda es algo que se puede heredar. Algo contagioso que se te mete en el pensamiento como un virus. No hay alcohol en gel que lo elimine ni aislamiento que impida su irrupción. Por eso los rituales obsesivos no ceden en su repetición. De repente agarrás una taza para tomar un café y justo ese pensamiento vino a tu cabeza para arruinarte un poco la vida.

Hoy en día la televisión te recuerda todo el tiempo que podés contagiarte. Hay que cuidarse, pero no hace falta machacar tanto. Mejor apagar la televisión para no estar tan preocupados. Dejemos de pensar todo el tiempo en eso, no conviene salir a la calle y hay cosas que no se pueden hacer. Vamos a tomarnos tranquilos una taza de café ".

Luis Darío Salamone


Secretos a voces

 

« No encontrarán a Heather Bell. Ni su cuerpo, ni ningún rastro. Se ha esfumado, como las cenizas. Su fotografía, colgada en todos los lugares públicos, irá decolorándose. Su sonrisa forzada, un poco torcida como intenta reprimir una risa irrespetuosa, parece indicar algo sobre su desaparición, no una actitud burlona ante el fotógrafo del colegio. Siempre quedará un leve indicio de su libre decisión en aquel detalle.

El señor Siddicup no sirve de ayuda. Siempre está a medio camino entre la rabieta y la confusión mental. No descubrirán nada cuando registre su casa, a menos que se cuente la vieja ropa interior de su mujer, y cuando caven en su jardín, los únicos huesos que encontrarán son los que han enterrado los perros. Mucha gente seguirá pensando que ha hecho o que ha presenciado algo. “Algo tuvo que ver con el asunto”. Cuando lo envían al Manicomio Provincial, rebautizado como Centro de Salud Mental, empiezan a aparecer cartas en el periódico del pueblo que hablan de la custodia preventiva y de no dejar que ocurran ciertas cosas para luego tener que lamentarse.

También publican cartas de Mary Johnstone, en las que explica su conducta, por qué actuó así, con toda su buena fe, aquel domingo. El director del periódico acabará por comunicarle que Heather Bell ya no es noticia, ni lo único por lo que debe distinguirse el pueblo, y que si sus excursiones terminan no se hundirá el mundo: no pueden continuar con aquella historia eternamente.

Maureen es todavía joven, aunque ella no lo cree, y tiene mucha vida por delante. Primero una muerte —eso ocurrirá pronto—; después otra boda, nuevas ciudades y nuevas casas. En cocinas a cientos y miles de kilómetros de distancia, observará cómo se forma una delicada piel sobre una cuchara de madera y su memoria se agitará, pero no acabará de desvelarse ese momento en el que parece estar contemplando un secreto a voces, algo que no te sobrecoge hasta que intentas contarlo ».


Alice Munro


sábado, marzo 28

Cuentos de adulteros desorientados

"Y es que ahora mismo, mientras usted acomete la lectura del segundo párrafo de este prólogo, se están cometiendo en el mundo millones de adulterios en los lugares más convencionales que quepa imaginar, pero también en los más raros. Hay adúlteros de tarde y de mañana y de noche y de madrugada, de fin de semana y de día laborable. Los sitios en los que se consuma la infidelidad son de lo más variado también, desde los apartamentos con olor a cebolla a hoteles de tercera, pasando por sótanos, automóviles, cuartuchos de fotocopiadoras o palacios. Y cada uno de estos lugares es como una burbuja en cuyo interior flotan dos personas que durante unas horas lograrán escapar a la determinación del espacio y del tiempo. Los adúlteros fornican, hablan, se pelean o lloran en el interior de un compartimento estanco al que lo único que llega de la realidad es el oxígeno. (…)

No hay estadísticas fiables sobre el número de adulterios que se cometen en el mundo cada hora, cada minuto, cada segundo, pero son tantos que casi estamos a punto de afirmar que la base del matrimonio es el adulterio. Más aún: la base sobre la que se sostiene la realidad es el adulterio. Los adúlteros y las adúlteras que en este instante, mientras usted lee el último párrafo de este prólogo, llevan a cabo su trabajo febrilmente, sea en el interior de un coche, en la habitación de una fonda o junto a la fotocopiadora de una oficina, crean una red sobre la que se apoya el resto de las contradicciones que conforman la realidad."


Juan José Millás, 2003.



viernes, marzo 27

La náusea: some of these days

"Enseguida vendrá el estribillo: es lo que más me gusta, sobre todo la manera brusca de arrojarse hacia adelante, como un acantilado contra el mar. Por el momento, toca el jazz; no hay melodía, sólo notas, una miríada de breves sacudidas. No conocen reposo; un orden inflexible las genera y destruye, sin dejarles nunca tiempo para recobrarse, para existir por sí. Corren, se apiñan, me dan al pasar un golpe seco y se aniquilan. Me gustaría retenerlas, pero sé que si llegara a detener una, sólo quedaría entre mis dedos un sonido canallesco y languideciente. Tengo que aceptar su muerte; hasta debo querer esta muerte; conozco pocas impresiones más ásperas o más fuertes."



Jean-Paul Sartre, 1938.

jueves, marzo 26

Najda

"[…] Me ha ocurrido reaccionar con una terrible violencia contra el relato muy detallado que ella me hacía de ciertas escenas de su vida pasada, de las cuales yo juzgaba, sin duda de una manera muy superficial, que su dignidad no había podido salir incólume. El incidente de un puñetazo en pleno rostro que había hecho brotar sangre, en una sala de la cervecería Zimmer, del puñetazo que le había propinado un hombre a quien, con un maligno placer, ella había rechazado, simplemente porque era abyecto —y ella había pedido socorro varias veces, no sin tomarse el tiempo, antes de desaparecer, de manchar de sangre el traje del hombre—, estuvo a punto, a las primeras horas de la tarde del 13 de octubre, mientras ella me lo contaba atolondradamente, de alejarme de ella para siempre. No sé qué sentimiento de absoluta irremediabilidad despertó en mí el relato burlón de aquella horrible aventura, pero lloré largo rato después de haberlo escuchado, lloré como no me creía capaz de poder llorar. Lloré al pensar que debía no volver a ver más a Nadja, que no podría seguir viéndola. Ciertamente, no le reprochaba de ninguna manera que no me hubiese ocultado lo que me apenaba, más bien se lo agradecía; pero que ella hubiese podido un día llegar a aquello, que en el horizonte, ¡quién sabe!, apuntasen tal vez para ella días semejantes, me asustaba pensarlo. ¡Nadja estaba a la sazón tan conmovedora no haciendo nada para vencer la resolución que yo había tomado, sacando al contrario de sus lágrimas la fuerza para exhortarme a no desistir de esa resolución! Despidiéndose de mí, en París, no pudo, sin embargo, dejar de añadir en voz queda que aquello era imposible, pero no hizo nada entonces para que resultara más imposible. Si en definitiva lo fue, sólo dependió de mí".


André Breton


martes, marzo 24

Siempre somos

Japón donó suplementos médicos a China y puso en las cajas un poema budista:

"Tenemos diferentes montañas y ríos, pero compartimos el mismo sol, la misma luna y el mismo cielo".

Después, China envió mascarillas médicas a Italia y colocó en las cajas un poema de Séneca, antiguo filósofo romano:

"Somos olas del mismo mar, hojas del mismo árbol, flores del mismo jardín".

Siempre somos... 


lunes, marzo 23

Ensayo sobre la ceguera

“Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura de los sentimientos, a veces son los nervios que no pueden aguantar más, han soportado mucho, lo soportaron todo, era como si llevasen una armadura, decimos, La mujer del médico tiene nervios de acero, y resulta que también la mujer del médico está deshecha en lágrimas por obra de un pronombre personal, de un adverbio, de un verbo, de un adjetivo, meras categorías gramaticales, meros designativos, como lo están igualmente las dos mujeres, las otras, pronombres indefinidos, también ellos llorosos, que se abrazan a la de la oración completa, tres gracias desnudas bajo la lluvia que cae."



José Saramago

domingo, marzo 22

1984



“Las palabras son así, disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren ir, y, de pronto, por culpa de dos o tres, o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y ya tenemos ahí la conmoción ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura de los sentimientos, a veces son los nervios que no pueden aguantar más, han soportado mucho, lo soportaron todo, era como si llevasen una armadura, decimos, La mujer del médico tiene nervios de acero, y resulta que también la mujer del médico está deshecha en lágrimas por obra de un pronombre personal, de un adverbio, de un verbo, de un adjetivo, meras categorías gramaticales, meros designativos, como lo están igualmente las dos mujeres, las otras, pronombres indefinidos, también ellos llorosos, que se abrazan a la de la oración completa, tres gracias desnudas bajo la lluvia que cae".

George Orwell 

sábado, marzo 21

Elegí la vida

"Elegí la vida. 

No quise dormir sin sueños:
y elegí la ilusión que me despierta,
el horizonte que me espera,
el proyecto que me llena,
y no la vida vacía de quien no busca nada,
de quien no desea nada más que sobrevivir cada día.

No quise vivir en la angustia:
y elegí la paz y la esperanza,
la luz,
el llanto que desahoga, que libera,
y no el que inspira lástima en vez de soluciones,
la queja que denuncia, la que se grita,
y no la que se murmura y no cambia nada.

No quise vivir cansado:
Y elegí el descanso del amigo y del abrazo,
el camino sin prosas, compartido,
y no parar nunca, no dormir nunca.

Elegí avanzar despacio, durante más tiempo,
y llegar más lejos,
habiendo disfrutado del paisaje.

No quise huir:
y elegí mirar de frente,
levantar la cabeza,
y enfrentarme a los miedos y fantasmas
porque no por darme la vuelta volarían.

No pude olvidar mis fallos:
pero elegí perdonarme, quererme,
llevar con dignidad mis miserias
y descubrir mis dones;
y no vivir lamentándome
por aquello que no pude cambiar,
que me entristece, que me duele,
por el daño que hice y el que me hicieron.

Elegí aceptar el pasado.

No quise vivir solo:
y elegí la alegría de descubrir a otro,
de dar, de compartir,
y no el resentimiento sucio que encadena.

Elegí el amor.

Y hubo mil cosas que no elegí,
que me llegaron de pronto
y me transformaron la vida.
Cosas buenas y malas que no buscaba,
caminos por los que me perdí,
personas que vinieron y se fueron,
una vida que no esperaba.

Y elegí, al menos, cómo vivirla.

Elegí los sueños para decorarla,
la esperanza para sostenerla,
la valentía para afrontarla.

No quise vivir muriendo:
y elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte, aunque no la elija…
Porque moriré viviendo."

Rudyard Kipling

viernes, marzo 20

Humano demasiado humano

"Si vivimos demasiado cerca de una persona, nos ocurre lo mismo que si tocamos una y otra vez un buen grabado con los dedos desnudos: un buen día ya no tenemos en las manos más que un papel malo y sucio, y nada más. También el alma de un hombre termina por desgastarse debido a un contacto continuo; al menos así termina por aparecérsenos: nunca volvemos a ver su dibujo y belleza originales. Se pierde siempre en el trato demasiado íntimos con mujeres y amigos; y a veces pierde uno con ello la perla de su vida".



Friedrich Nietzsche

Los dolores del mundo

« Nada hay fijo en esta vida fugaz: ¡ni dolor infinito; ni alegría eterna; ni impresión permanente; ni entusiasmo duradero; ni resolución elevada que pueda persistir la vida entera! Todo se disuelve en el torrente de los años. Los minutos, los innumerables átomos de pequeñas cosas, fragmentos de cada una de nuestras acciones, con los gusanos roedores que devastan todo lo que hay grande y atrevido. Nada se toma en serio en la vida humana: el polvo no merece la pena »


Arthur Schopenhauer 

miércoles, marzo 18

Miedo global

"Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.

Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.

Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.

La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje miedo de decir.

Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.

Es el tiempo del miedo.

Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Miedo a los ladrones, miedo a la policía.

Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.

Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir..."

Eduardo Galeano

martes, marzo 17

Cien años de soledad

«Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga.(…) Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria. Lo descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de los primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: «tas». Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas.

 (…)

Paco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita. En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más grande en la calle central que decía «Dios existe». En todas las casas se habían escrita claves para memorizar los objetas y los sentimientos. Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante. Pilar Ternera fue quien más contribuyó a popularizar esa mistificación, cuando concibió el artificio de leer el pasado en las barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes empezaron a vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes, donde el padre se recordaba apenas como el hombre moreno que había llegada a principios de abril y la madre se recordaba apenas como la mujer trigueña que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al último martes en que cantó la alondra en el laurel ».

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, 1967.

lunes, marzo 16

Cuento a lo Saramago

“Y la gente se quedó en casa. Y leyó libros, y escuchó, y descansó, e hizo ejercicio, y arte, y jugó y aprendió nuevas formas de ser,  y se estuvo quieta. Y escuchó más profundamente. Algunos meditaban, algunos rezaban, algunos bailaban. Algunos se encontraron con sus sombras. Y comenzaron a pensar de manera diferente. 

Y sanaron. Y, en ausencia de personas que vivían en la ignorancia, peligrosas, sin sentido y sin corazón, la tierra comenzó a sanar. 

Y cuando pasó el peligro y la gente se unió de nuevo, lloraron sus pérdidas, tomaron nuevas decisiones, soñaron con nuevas imágenes y crearon nuevas formas de vivir y sanar la tierra por completo, ya que habían sido curadas".

domingo, marzo 15

Coronavirus

"Y de repente despertamos un día y todo cambió, en Disney se apagó la magia, la muralla china no era tan fuerte, ahora New York si duerme y ningún camino quiere conducir a Roma, un virus se corona como dueño del mundo y nos dimos cuenta de nuestra fragilidad, no sabemos si el daño es a propósito o irresponsabilidad de nosotros mismos, pero la amenaza está ahí cada día más fuerte, ya los memes no causan tanta risa, los abrazos y los besos se transformaron en armas peligrosas y la escasez de productos nos demuestra una vez más lo egoísta que somos, tan egoístas que decimos "no hay problema este virus solo se lleva a los viejitos" como si no tuviéramos a nuestros padres o como si no fuéramos a llegar nunca ahí. Queremos hacer valer nuestros "derechos" de decidir si dejar vivir o no a otro y ahora nos damos cuenta que no podemos ni decidir por nuestra vida, un planeta que decidió que Dios no existe sin haberlo buscado, que hoy se pone una máscara, no sólo para un virus, sino para tapar nuestra vulnerabilidad mezclada con soberbia y se lava las manos para no reconocer nuestra responsabilidad, tal como un pilato".


La peste

"A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto. Hasta entonces, a pesar de la sorpresa y la inquietud que habían causado aquellos acontecimientos singulares, cada uno de nuestros conciudadanos había continuado sus ocupaciones, como había podido, en su puesto habitual. Y, sin duda, esto debía continuar. Pero una vez cerradas las puertas, se dieron cuenta de que estaban, y el narrador también, cogidos en la misma red y que había que arreglárselas. Así fue que, por ejemplo, un sentimiento tan individual como es el de la separación de un ser querido se convirtió de pronto, desde las primeras semanas, mezclado a aquel miedo, en el sufrimiento principal de todo un pueblo durante aquel largo exilio.

Una de las consecuencias más notables de la clausura de las puertas fue, en efecto, la súbita separación en que quedaron algunos seres que no estaban preparados para ello. Madres e hijos, esposos, amantes que habían creído aceptar días antes una separación temporal, que se habían abrazado en la estación sin más que dos o tres recomendaciones, seguros de volverse a ver pocos días o pocas semanas más tarde, sumidos en la estúpida confianza humana, apenas distraídos por la partida de sus preocupaciones habituales, se vieron de pronto separados, sin recursos, impedidos de reunirse o de comunicarse. Pues la clausura se había efectuado horas antes de publicarse la orden de la prefectura y, naturalmente, era imposible tomar en consideración los casos particulares. Se puede decir que esta invasión brutal de la enfermedad tuvo como primer efecto el obligar a nuestros conciudadanos a obrar como si no tuvieran sentimientos individuales. Desde las primeras horas del día en que la orden entró en vigor, la prefectura fue asaltada por una multitud de demandantes que por teléfono o ante los funcionarios exponían situaciones, todas igualmente interesantes y, al mismo tiempo, igualmente imposibles de examinar. En realidad, fueron necesarios muchos días para que nos diésemos cuenta de que nos encontrábamos en una situación sin compromisos posibles y que las palabras “transigir”, “favor”, “excepción” ya no tenían sentido."


Albert Camus

sábado, marzo 14

Ausencia

"Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada, sobre fe, paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno".


Lope de Vega
(1562-1635)

viernes, marzo 13

Club de los poetas muertos

"McAllister hizo como que se echaba a reír. —¡Filósofos a los diecisiete años! —Es curioso, nunca hubiese imaginado que era usted un cínico —dijo Keating antes de tomar un sorbo de té. —Cínico no, amigo mío —replicó el profesor de Latín—. Realista. Muéstreme usted un corazón liberado del peso vano de los sueños y yo le mostraré a un hombre feliz. —El hombre nunca ha sido tan libre como cuando sueña —replicó Keating—. Ésa fue, es y seguirá siendo la verdad. McAllister frunció el ceño por efecto de un intenso esfuerzo de la memoria. —¿Es eso Tennyson? —No... Es Keating."



N. H. Kleinbaum

jueves, marzo 12

El camino de los reyes

"—¿Entonces por qué luchar? Me dije a mí mismo que lo intentaría una última vez. Pero fracasé antes de empezar. No se les puede salvar. —¿La lucha en sí misma no significa nada? —No si estás destinado a morir —agachó la cabeza. Las palabras de Sigzil resonaban en su mente. «Vida antes que muerte. Fuerza antes que debilidad. Viaje antes que destino.» Kaladin miró la rendija de cielo. Como un río lejano de agua pura y azul. Vida antes que muerte. ¿Qué significaba el dicho? ¿Que los hombres deberían buscar la vida antes que buscar la muerte? Eso era obvio. ¿O significaba otra cosa? ¿Que la vida venía antes que la muerte? Una vez más, obvio. Y sin embargo las palabras sencillas le hablaban. La muerte viene, susurraban. La muerte les viene a todos. Pero la vida viene primero. Saboréala".

Brandon Sanderson

miércoles, marzo 11

La única razón

"... Supe que la única razón por la que quería que fuese a sentarme a su mesa era que deseaba hacerle un favor a alguien. Que yo estuviera solo le molestaba. Como la irritación que te causan los pasajeros que viajan de pie en el metro mientras tú estás sentado, como si estuvieran de pie sólo para hacerte sentir mal. A veces incluso hay algunos asientos disponibles, mitades de asiento entre hombretones con las piernas separadas, pero no se sientan, siguen de pie delante de ti y parecen exhaustos y abatidos y hacen que te sientas fatal por ir sentado. Y yo sabía que Nareem solo quería que me sentara a su mesa porque mi soledad ofendía a la vista y le impedía disfrutar del espectáculo."

Peter Cameron

martes, marzo 10

Fragmentos

"...No creas que ignoro el fondo de bondad hasta excesiva que hay en ti; lo que me espanta un poco es tu resuelta tendencia a disimularla, a mostrarte mucho menos espontáneo de lo que podrías ser. Creo que sólo al final —así tenía que ser— te medí de nuevo en toda tu admirable calidad humana. Aludo a la noche anterior a tu viaje a Córdoba, cuando cenaste con Aurora y conmigo, y charlamos largas horas. En ese instante eras lo que quizá deberías ser siempre con los demás; permíteme que ahora me aparte a un lado, y te deje frente a los otros. Si me he elegido como interlocutor en esos "ejemplos" era porque sólo así podía darte una idea de mis reacciones. 

Ahora pienso en ti frente al resto de la gente. ¿Qué razón fundamental tienes para estar divorciado de tu mujer o de tus amigos o de tus hijos o del Papa? ¿Qué razón puede haber sino ese encastillamiento obstinado, esa celosa resistencia a las ofensivas del mundo?

Al mundo no hay que resistirle, lo que hay que hacer es elegir bien el mundo que uno prefiere y al cual hay que darse; y a ése, ah, a ése hay que darse a fondo, como cuando se nada o se duerme o se quiere. Y yo me temo (dime si me equivoco, porque todo esto puede ser falso) que tu vieja rebelión de niño contra tu madre y tus hermanas está envenenándote el presente sin razón valedera. Ya ves que no aludo, no quiero aludir a la razón central de tu infelicidad, que es en realidad el tema de buena parte de tu carta. No quiero porque aunque admita su existencia, y me duela tanto, si has de salir del pozo, en volver hacia atrás, rehacer tu vida en un largo examen, descubrir sin engaño posible los errores, y luego, instalado en tu presente, y sin renunciar a él, dar la batalla. Y esa batalla se dará en ti y fuera de ti, y puedes ganarla. Las soluciones extremas y románticas (la pobreza, el salto del charco, la renuncia a las obligaciones sociales) tienes que descartarlas de entrada. 

Si no puedes ser Van Gogh, ¿quién te impide ser como Picasso? Si no puedes ser Vallejo ¿por qué no vivir como Válery? No insistas en viajar a Marrakesh, como a los diecisiete años. La vida te ha probado que no eres para eso. ¡Y en cambio eres para tantas otras cosas, igualmente ricas, igualmente hermosas! En lo que creas que debes abrirte paso, sé inflexible: nadie debe impedírtelo. Si entiendes que necesitas seis horas por día para pintar, es necesario, absolutamente necesario que las encuentres. No digas de entrada que es imposible; y tampoco exijas que sean doce o dieciocho horas. Confórmate con seis, pero ésas gánalas. Niégate a las pequeñas cosas parásitas que nos van robando las grandes. Búscate otro trabajo, sin apurarte y sin ponerte frenético porque no aparece en seguida. ¿Acaso lo has buscado de veras? Supón que realmente llegas a la conclusión de que sólo saliendo de la Embajada tendrás una base para alcanzar cierta paz; en ese mismo instante tienes que ponerte a buscar, y sé que encontrarás...

...Te voy a decir algo muy duro: creo que hasta ahora juegas a no tenerte lástima (Escribiendo por ejemplo un larguísimo diario donde no te tienes la más mínima lástima, salvo que el hecho de escribirlo muestra de sobra que te la tienes, y cuánta); y me parece que es hora de que empieces a no tenerte lástima de veras, es decir que renuncies a ese narcisismo a contrapelo que consiste en escupir el agua donde se refleja tu cara. Acepta tu cara, el día que sea como tú la quieres".


De Julio Cortázar a Eduardo Jonquieres (27 de agosto de 1955). 

domingo, marzo 8

8 de marzo en México


"Que tiemble el Estado, 
los cielos, las calles, 
que tiemblen los jueces 
y los judiciales, 
hoy a las mujeres 
nos quitan la calma, 
nos sembraron miedo, 
nos crecieron alas. 

A cada minuto de cada semana
nos roban amigas, 
nos matan hermanas, 
destrozan sus cuerpos, 
los desaparecen
¡No olvide sus nombres, 
por favor, Señor Presidente!

Por todas las compas 
marchando en Reforma, 
por todas las morras 
peleando en Sonora, 
por las comandantas 
luchando por Chiapas, 
por todas las madres 
buscando en Tijuana... 

Cantamos sin miedo, 
pedimos justicia, 
gritamos por cada desaparecida, 
que resuene fuerte: 
¡Nos queremos vivas!
Que caiga con fuerza 
el feminicida. 

Yo todo lo incendio, 
yo todo lo rompo, 
si un día algún fulano 
te apaga los ojos, 
ya nada me calla, 
ya todo me sobra, 
si tocan a una
respondemos todas. 

Soy Claudia, soy Esther y soy Teresa, 
Soy Ingrid, soy Fabiola y soy Valeria, 
Soy la niña que subiste por la fuerza, 
Soy la madre que ahora llora por sus muertas.

Y soy esta que te hará pagar las cuentas

¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!

Por todas las compas 
marchando en Reforma, 
por todas las morras 
peleando en Sonora, 
por las comandantas 
luchando por Chiapas, 
por todas las madres 
buscando en Tijuana... 

Cantamos sin miedo, 
pedimos justicia, 
gritamos por cada desaparecida, 
que resuene fuerte: 
¡Nos queremos vivas!

Que caiga con fuerza 
el feminicida. 

Y retiemble en sus centros la tierra
al sororo rugir del amor."

Canción sin miedo- Vivir Quintana. 


Lo que sí puedo

"No soy la única, pero aún así soy alguien. No puedo hacer todo, pero aún así puedo hacer algo; y justo porque no lo puedo hacer todo, no renunciaré a hacer lo que sí puedo".

Hellen Keller

La belleza de Frida

"No reniego de mi
naturaleza, 
no reniego de
mis elecciones, 
de todos modos 
he sido una afortunada. 

Muchas veces
en el dolor se encuentran
los placeres más profundos,
las verdades más complejas,
la felicidad más certera. 

Tan absurdo y fugaz 
es nuestro paso por el mundo, 
que sólo me deja tranquila 
el saber que he sido auténtica, que he logrado ser lo más 
parecido a mí misma que he
podido".

Frida Kahlo 


Sentido profundo


Les misérables

«La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber son cosas que en caso de error pueden ser repugnantes; pero, aún repugnantes, son grandes; su majestad, propia de la conciencia humana, subsiste en el horror; son virtudes que tienen un vicio, el error. La despiadada y honrada dicha de un fanático en medio de la atrocidad conserva algún resplandor lúgubre, pero respetable. Es indudable que Javert, en su felicidad, era digno de lástima, como todo ignorante que triunfa».



«Una cierta cantidad de ensueño es buena, como un narcótico, a dosis discretas. Esto adormece las fiebres a algunas veces obstinadas de la inteligencia en activo, y hace nacer en el espíritu un vapor fresco que corrige los ásperos contornos del pensamiento puro, colma aquí y allá lagunas e intervalos, une los conjuntos y borra los ángulos de las ideas. Pero demasiado ensueño sumerge y ahoga. Desgraciado el trabajador que se deja caer entero del pensamiento al ensueño. Cree que se remontará fácilmente, y se dice que, al fin y al cabo, es lo mismo. ¡Error!

El pensamiento es la labor de la inteligencia, el ensueño lo es de la voluptuosidad. Reemplazar el pensamiento por el ensueño es confundir un veneno con un alimento.

Marius, lo recordamos, había empezado por ahí. Había sobrevenido la pasión y había acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo. Ya no salía de su casa más que para ir a soñar. Alumbramiento perezoso. Abismo tumultuoso y estancado. Y a medida que el trabajo disminuía, aumentaban las necesidades. Esto es una ley. El hombre en estado soñador es naturalmente pródigo y débil; el espíritu distendido no puede mantener la vida apretada. Hay en este modo de vivir bien mezclado con mal, pues si la debilidad es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido. Los recursos cesan, la necesidad surge.

Pendiente fatal, en que los más honestos y los más firmes son arrastrados como los más débiles y los más viciosos, y que desemboca en uno de estos dos agujeros: el suicidio o el crimen.

A fuerza de salir para soñar, llega un día en que se sale para arrojarse al agua.

(…) Marius bajaba por esta pendiente a pasos lentos, con los ojos fijos en la que ya no veía. Lo que acabamos de escribir parece extraño, y no obstante es cierto. El recuerdo de un ser ausente se enciende en las tinieblas del corazón, cuando ha desaparecido, irradia luz; el alma desesperada y oscura ve esta luz en su horizonte, estrella de la noche interior. Este era todo el pensamiento de Marius. No pensaba en otra cosa; sentía confusamente que su viejo traje se convertía en un traje imposible, y que su traje nuevo se iba haciendo viejo, que sus camisas se gastaban, que su sombrero se gastaba, que sus botas se gastaban, es decir, que su vida se gastaba, y se decía: «¡Si solamente pudiera verla antes de morir!»

Una única idea dulce le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que no conocía su nombre pero conocía su alma, y que tal vez allí donde se hallaba, cualquiera que fuese ese misterioso lugar, ella le amaba aún. ¿Quién sabe si no pensaba en él, como él pensaba en ella? Algunas veces, en las horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, sin tener más que razones de dolor, y sintiendo no obstante un oscuro estremecimiento de alegría, se decía: «¡Son sus pensamientos que vienen a mí!» Luego añadía: «¡Tal vez mis pensamientos le llegan a ella!»

Esta ilusión, que le hacía mover la cabeza un momento después, conseguía no obstante arrojarle al alma rayos que a veces parecían de esperanza. De vez en cuando, sobre todo en esa hora del atardecer que más entristece a los soñadores, dejaba caer en un cuaderno en el que no había otra cosa, el más puro, el más impersonal, el más ideal de los sueños con que el amor llenaba su cerebro. A esto llamaba «escribirle».

No hay que creer que su razón estuviera trastornada. Por el contrario. Había perdido la facultad de trabajar y de moverse firmemente hacia un fin determinado, pero tenía más que nunca clarividencia y rectitud. Marius veía con una luz tranquila y real, aunque singular, lo que sucedía ante sus ojos, incluso los hechos o los hombres más indiferentes; aplicaba a todo la palabra justa con una especie de abatimiento honesto y de cándido desinterés. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía alto, y planeaba.

En esta situación de espíritu, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría a cada instante el fondo de la vida, de la humanidad, del destino. ¡Feliz, incluso en la angustia, aquél a quien Dios ha dado un alma digna del amor y de la desgracia! Quien no ha visto las cosas de este mundo, y el corazón de los hombres bajo esta doble luz, no ha visto nada verdadero y no sabe nada.

El alma que ama y que sufre se halla en estado sublime.

Por lo demás, los días se sucedían y nada nuevo surgía. Le parecía únicamente que el espacio sombrío que le quedaba por recorrer se acortaba a cada instante. Creía ya entrever distintamente el borde del abismo sin fondo. »

Victor Hugo 

sábado, marzo 7

Escalones

"Así como toda flor se enmustia 
y toda juventud cede a la edad,
así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;

a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud, 
mas no les es dado durar eternamente.

Es menester que el corazón,
 a cada llamamiento,
esté pronto al adiós
 y a comenzar de nuevo,
esté dispuesto a darse, 
animoso y sin duelos,
a nuevas y distintas ataduras.

En el fondo de cada comienzo
 hay un hechizo que nos protege 
y nos ayuda a vivir.

Debemos ir serenos y alegres por la tierra, atravesar espacio tras espacio
sin aferrarnos a ninguno, 
cual si fuera una patria;

el espíritu universal no quiere encadenarnos:
quiere que nos elevemos, 
que nos ensanchemos
escalón tras escalón. 

Apenas hemos ganado intimidad
en un morada y en un ambiente,
 ya todo empieza a languidecer:
sólo quien está pronto a partir y peregrinar 
podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

Aun la hora de la muerte acaso nos coloque frente 
a nuevos espacios que debamos andar:
las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros…

¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete, estás curado!"

Hermann Hesse



Los espejos transparentes (1967)

"Soy un mecanismo que dice la verdad".

(Jean Cocteau)

"Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.

Los espejos no reflejan: transparentan.

Todo mira fascinante de frente, pero no existe.

Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.

En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo;

en toda imagen apunta una múltiple presencia, palpitante intermitencia del corazón: confusión;

y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido, como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro me proponen transparencias de distancias y silencios, deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.

Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día, y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.

Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.

La luz grande es un abismo y un estúpido misterio".

Gabriel Celaya 





viernes, marzo 6

Las razones del lobo


"No eran buenos buenos tiempos. Mi novia se fue a Nueva York, el gato se perdió y me pidieron el apartamento. Tres pérdidas en una sola semana. Me fui a vivir solo en el centro, en un hotel de mala muerte. Regalé unas cosas y boté otras. Llegué a La mitad del cielo con una sola maleta y una máquina de escribir algo desbaratada.

Me encerré tres días. Dormía y comía, comía y dormía, nada más. Salí a comprar libros. De pronto se me arreglaba el ánimo. La plata no era mucha pero, regateando, conseguí unas maravillas en San Victorino.  Entré a los tres mirlos y pedí una taza de café en la mesa del fondo, donde nadie me molestaría, una precaución innecesaria: nadie me molestaría en esta ciudad espantosa.

Empecé a leer La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Me habían hablado bellezas de esa novela y, no más en el primer capítulo, supe que tenían razón. Pedí otra taza de café.

Entonces llegó el lobo.

–¿Qué lees, hermano?

Lo miré por encima de los anteojos.

Vestía bien, con sombrero, bufanda y anteojos negros, con abrigo, camisa de seda y pantalones de lana, pero se veía que era el lobo. Lo imaginé fumando pipa al atardecer, contemplando el cerro de Monserrate. Aunque se veía bastante inofensivo, el corazón me saltaba como un sapo. Me pareció que se cuidaba las garras con esmalte transparente. Filosas garras, por cierto.

– ¿Te conozco?

– Creo que sí –dijo el lobo–. Me escribiste una historia.

– Eres el lobo feroz entonces.

– Ya no me duele que me digan así.

“Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio”, citó de memoria. Y no supe si reírme o salir corriendo.

– No te veo mal –dije, y pasé salive.

– Me he recuperado.

– ¿Ya no te vistes de mujer?

– Abusas de tu suerte, hermano. Leí que estabas buscando un unicornio.

– No creas en todo lo que leas –dije–. Los unicornios no existen.

– Pero sigues buscando.

– Así es.

– Te veo amargado, hermano.

– Tengo deudas.

Le pedí un café. El lobo levantó las orejas, como si hubiese percibido un peligro, algo más allá de mi entendimiento. Giró la cabeza, husmeó, se mantuvo inmóvil durante dos o tres segundos y luego se tranquilizó. Saboréo el café y manifestó su aprobación.

– Bonito lugar: no hay televisión –dijo, sin faltar a la verdad–. ¿Te has dado cuenta que todo mundo anda idiotizado con los partidos de fútbol?

Me contó sus andanzas. Le pedí otro café y dejé que terminara su cuento. La verdad es que quería seguir leyendo la novela. Kawabata mata lobo.

– Me volví un intelectual –confesó–. Leo poesía y escribo.

Asisto al taller del poeta Roca y desayuno con agua de rosas. Sólo me falta escribir una columna en una revista de vanidades.

– ¿Y qué tal?

– Roca es un duro –dijo el lobo–. Desayuna con aguardiente y muslo de doncella.

– Pregunto por los poemas.

– El dolor es la esencia de la poesía.

Hablamos de poesía. Me preguntó si conocía la obra de Pablo Neruda y mencioné sus veinte poemas de amor. Me sabía de memoria dos o tres porque servían para levantar novia.

–Qué va –dijo el lobo–. Léete Residencia en tierra. 

No lo podía creer. En vez de perseguir presas en el bosque o quebrarle el cuello a una oveja en un potrero, el lobo se dedicaba a las metáforas y otros retorcimientos del lenguaje. Tal vez terminaría escribiendo horóscopos o adivinando la suerte en el fondo de una taza de chocolate. Me pareció que sólo le faltaba un bastón para completar el disfraz de poeta. Le pregunté si se había vuelto vegetariano y respondió, horrorizado:

– ¿Qué te pasa, Arciniegas?

Entonces le solté la pregunta que tenía atravesada como una espina:

– ¿Y de Caperucita Roja?

Pensé que se pondría pálido o que se desmayaría, pero no. Pensé que me lanzaría un zarpazo para que no fuera tan impertinente. Corrí la silla unos centímetros por si tenía que salir corriendo.

– Por ahí anda –dijo el lobo, sin ningún temblor–. Muy rica, muy orgullosa.

– ¿Sigues enamorado?

– La traga se me pasó –dijo el lobo–. Si la ves, no me has visto.

Y se fue como si nada. Me quedé preguntándome qué demonios quería. ¿Derechos de personaje? No vi que estuviera en apuros económicos. ¿Que volviera a escribir su historia? Lo escrito, escrito está. ¿Acaso se ofendió con mis preguntas? ¿O sólo quería hacerme ver que su vida no era una desgracia? Seguro que tenía alguna novia y era más o menos feliz. Extrañaría cada vez menos al lobo salvaje y sanguinario de otros tiempos. Lo imaginé revolcándose en la niebla de un bosque cercano para matar la nostalgia.

Seguí leyendo.

Entonces apareció la misma Caperucita Roja, sin capa ni caperuza, con unas botas altas, negras, brillantes, y una falda diminuta. Preciosa. Absolutamente preciosa. Acababa de pintarse la boca.

– ¿Has visto al lobo, Arciniegas?

Me pregunté si traería escondida alguna navaja. Le temía más a Caperucita que al lobo. Limpié los anteojos con una servilleta para ganar tiempo.

– ¿Te conozco?

– No te hagas el menso –dijo Caperucita–. ¿Lo has visto?

– No.

–Bonito lugar: no hay música –dijo Caperucita, con toda razón–. ¿Puedo sentarme?

La silla no es mía, pensé, pero no se lo dije. Además, se supone que estamos en un país libre y todo el mundo se sienta donde se le da la gana.

– Por supuesto –dije–. ¿Quieres café?

– Me desvela. ¿Lo has visto?

Me hechizaron sus ojos. Me conmovieron. Caperucita estaba al borde del llanto.

–Me has dado mala fama –dijo–. No soy una niña ingenua, lo sé, pero tampoco la mujer malvada del cuento. Y abandoné el chicle porque se me estaba agrandando la quijada.

Igual que el lobo, citó de memoria: “Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa”.

– ¿Todavía soy bella? –preguntó.

– ¿Qué quieres?

– ¿Dónde está?

Me hice el pendejo y pregunté:

– ¿Quién?

– El lobo feroz.

Ya no le duele que le digan así, pensé.

–Vino y se fue –dije–. No sé a qué vino ni le dejó ninguna razón. No sé de dónde vino ni para dónde se fue.

– ¿Lo juras?

– Lo juro.

– Escritores inútiles –murmuró sin mirarme.

Pensé que se marcharía de inmediato. Se quedó mirándome y me pidió que le enseñara la palma de la mano.

– Larga vida –dijo.

Y se fue.

Me quedé con la mano en el aire. Era el momento de un cigarrillo, pero había dejado de fumar. Leí un párrafo. Volví a leerlo. Qué día más raro. Y qué personajes habitaban esta ciudad de espantos.

–Solo falta que aparezca el gato con botas –me dije–. O la bella durmiente.

Entonces vi un enano. Vino directamente a mi mesa.

– ¿Has visto a mis hermanos?

– No.

–Tengo seis hermanos –dijo el enano–. Se reconocen a primera vista.

– No he visto ninguno.

– ¿Llevas mucho acá?

– Como dos horas.

– ¿Y qué lees?

– La casa de las bellas durmientes.

– ¿Tú escribiste que la bella durmiente era bizca?

– Creo que sí.

– Qué vergüenza.

Miró a todas partes y arrugó la nariz.

– Los tres mirlos, qué sitio –dijo, con fastidio–. Ni siquiera hay un mirlo que haga bulla. ¿Aquí no ponen música?

– Tampoco se levanta la voz –dije.

– Ni siquiera hay televisión. Te estás perdiendo el partido. Van dos a cero.

­– Leo.

– Y qué.

No dije nada. ¿Para qué?

– ¿Sabes algo de Blancanieves?

– Muy poco.

– La tuvimos en casa. Buena persona. Nos dejó hace unos meses. Ya sabes. Encontró a su príncipe azul.

No supe qué decir.

– Te dejo leer, Arciniegas. Que tengas suerte.

¿Suerte con qué? Con la vida, supongo. Con las mujeres, con los gatos, con los libros, con todo.

El enano se fue y no quise leer más. Volví al hotel y me eché a dormir".


Triunfo Arciniegas