sábado, octubre 20

Tifón

« Era muy cierto. Había estado leyendo el capítulo que trataba de las tormentas. Cuando llegó a la cabina de instrumentos no llevaba la menor intención de mirar aquel libro. Alguna influencia de la atmósfera —la misma, con toda probabilidad, que había impulsado al camarero a llevar a la cabina, sin haber recibido orden alguna, las botas de agua y el capote de su capitán— había guiado misteriosamente su mano al estante de la biblioteca y, sin tomarse siquiera el tiempo necesario para sentarse, se enfrascó con esfuerzo consciente en la intrincada maraña de aquella terminología. Un instante después estaba engolfado en un verdadero torbellino de semicírculos, cuadrantes de izquierda y derecha, curvas, epicentros, cambios de viento y discos de barómetros. Intentó llevar todo aquel fárrago de informaciones teóricas a una relación con su propia persona y terminó por sentir una desdeñosa irritación ante tantas palabras, semejante cúmulo de consejos, todo ello cerebral y supuesto, sin la más mínima certidumbre. —¡Esto es terrible, Jukes —exclamó aún con evidente enojo—. Si uno fuese a creer todo lo que se ha escrito en este libro, se pasaría la mayor parte del tiempo recorriendo los mares, en un desesperante esfuerzo para hurtarle el cuerpo a las tormentas ».



Joseph Conrad