domingo, noviembre 11

El Tercer Reich

« - Los amigos están para sostener a sus amigos cuanto éstos los necesitan –dijo Charly-. Al menos eso me parece a mí. ¿Sabías que el Lobo es un amigo de verdad, Udo? Para él la amistad es sagrada. Por ejemplo, ahora debería irse a trabajar, pero yo sé que no lo hará hasta dejarme instalado en el hotel o en cualquier otro lugar seguro. Puede perder su trabajo, pero no le importa. ¿Y por qué ocurre eso? Eso ocurre porque su sentimiento de la amistad es como debe ser: sagrado. ¡Con la amistad no se bromea!

Los ojos de Charly brillaban desmesuradamente; pensé que iba a llorar. Miró su croissant con una mueca de asco y lo apartó con la mano. El Lobo le indicó que si no lo quería se lo comería él. Sí, sí, dijo Charly.


-Fui a buscarlo a su casa a las cuatro de la mañana. ¿Crees que hubiera sido capaz de hacer eso con un desconocido? Todo el mundo es desconocido, por supuesto, todos en el fondo son asquerosos; sin embargo la madre del Lobo, que fue quien me abrió la puerta, creyó que había tenido un accidente y lo primero que hizo fue ofrecerme un coñac, que yo por supuesto acepté aunque estaba más borracho que una cuba. Qué estupenda persona. Cuando el Lobo se levantó me halló sentado en uno de sus sillones y tomándome un coñac. ¡Qué otra cosa podía hacer!

-No enciendo algo–dije-. Me parece que aún estás borracho.

-No, lo juro… Es sencillo: fui a buscar al Lobo a las cuatro de la mañana; fui recibido por su madre como un príncipe; luego el Lobo y yo intentamos hablar; luego salimos a dar vueltas en el coche; estuvimos en un par de bares; compramos dos botellas; luego nos fuimos a la playa, a beber con el Quemado…

-¿Con el Quemado? ¿En la playa?

-El tipo a veces duerme en la playa para que no le roben sus asquerosos patines. Así que decidimos compartir con él nuestro alcohol. Mira, Udo, qué curioso: desde allí se veía tu balcón y podría asegurar que no apagaste la luz en toda la noche. ¿Me equivoco o no me equivoco? No, no me equivoco, era tu balcón y tus ventanas y tu maldita luz. ¿Qué estuviste haciendo? ¿Jugabas a la guerra o hacías marranadas con Ingeborg? ¡Eh, eh! No me mires así, es una broma, a mí que más me da. Era tu habitación, sí, me di cuenta enseguida, y también el Quemado se dio cuenta. En fin, una noche movida, parece que todos nos desvelamos un poco, ¿no? »


Roberto Bolaño