sábado, septiembre 12

Viaje al centro de la Tierra

 

« Colocando mi tío la cuestión en el terreno de las hipótesis, nada podía responderle.

—Pues bien, te diré que varios sabios, entre otros Poisson, han probado que si en el interior del globo existiese un calor de doscientos mil grados, los gases incandescentes debidos a las materias en fusión adquirirían una elasticidad tal, que la corteza terrestre no podría resistirla, y reventaría como las paredes de una caldera bajo la presión del vapor.

—Lo que no pasa, tío, de ser una opinión de Poisson.

—De acuerdo, pero opinan también otros distinguidos geólogos que el interior del globo no está formado de gas, ni de agua, ni de las más pesadas piedras que conocemos, porque, en ese caso la tierra pesaría dos veces menos.

—Con los números se prueba todo lo que se quiere.

—¿Y sucede lo mismo con los hechos? ¿No es incontestable que el número de volcanes ha disminuido considerablemente desde los primeros días del mundo? ¿Y de ello no se puede deducir que el calor central, si lo hay, tiende a debilitarse?

—Tío, si entramos en el campo de las suposiciones, la discusión es ociosa.

—Y has de saber que de mi opinión participan hombres muy competentes. ¿Te acuerdas de una visita que me hizo el célebre químico inglés Humphry Davy en 1825?

—¿Cómo me he de acordar, si no vine al mundo hasta diecinueves años después?

—Pues bien, Humphry Davy vino a verme cuando pasó por Hamburgo. Discutimos largo tiempo, entre otras cuestiones, la hipótesis de la liquidez del núcleo interior de la tierra. Los dos estuvimos de acuerdo en que semejante liquidez no podía existir, por una razón a la que jamás la ciencia ha encontrado respuesta.

—¿Y cuál es? —dije yo algo asombrado.

—Que ese nuevo líquido estaría sujeto, como el océano, a la atracción de la luna; por consiguiente, dos veces al día, se producirían mareas interiores que levantando la corteza terrestre, darían origen a terremotos periódicos.

—Pero es, sin embargo, evidente que la superficie del globo ha estado sometida a la combustión y es lícito suponer que la costra exterior se enfrío luego, al paso que el calor se refugió en el centro.

—¡Error! —respondió mi tío—. La tierra ha sido calentada por la combustión de su superficie, y no de otra manera. Su superficie estaba compuesta de una gran cantidad de metales, tales como el potasio y el sodio, que tienen la propiedad de inflamarse al solo contacto con el aire y el agua. Estos metales ardieron cuando los vapores atmosféricos se precipitaron sobre la tierra formando una lluvia, y poco a poco, al penetrar las aguas en las hendiduras de la corteza terrestre, determinaron nuevos incendios con explosiones y erupciones. De aquí los volcanes tan numerosos en los primeros días del mundo.

—¡La hipótesis es ingeniosa! —exclamé yo a pesar mío ».


Julio Verne


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