lunes, septiembre 7

現代 ゲ ー ム (Gendai Gemu)

A veces el corazón de la tortuga, 1982.

"El departamento estaba limpio y bien conservado pero aun así obviamente viejo y obviamente barato. Daniel tenía que cargar las cajas de la mudanza por una larga escalera el cuarto del piso de arriba. Caminó con una pesada caja en sus brazos y pateó la puerta de madera. Ésta se cerró en la cara de otro joven.

Daniel tiró la caja – Lo siento ¿Estás bien?

La sangre fluyó de una herida en la frente del hombre joven. Fluyó por su cara hacía abajo y manchó su camisa, la cual era de franela gris. Fluyó, encharcándose en el suelo. Fluyó. Y el joven se quedó ahí, mirándolo, sus ojos grises y penetrantes, como aquellos de una enojada, anciana tortuga.

– Soy Grayson – dijo.

– Soy Daniel – respondió Daniel.

– ¿Fue karate con lo que pateaste la cerca?

-Sí, conozco un poco.

-¡No sabes nada! – Dijo Grayson, aun sin emoción, aun sin revisar su herida.

Daniel terminó de mover las cajas al departamento. Permaneció en su balcón, mirando su nuevo hogar. Su mamá estaba adentro. Ella lo había arrastrado aquí, a California, para tomar un nuevo, mejor pagado trabajo. Él la maldijo, aun cuando bendecía el sol que esparcía sus doradas emisiones sobre los árboles, la tierra que sostenía sus raíces putrefactas, con fino gradualismo, en las costas de la arena que la putrefacta tortuga tomó como hogar, conocido como el mar de California.

-Sí, el mar – murmuró, sus ojos cruzaron – puedo alcanzar el mar. 

Vagó por las dilapidadas calles de California hacía el mar rugiente. Las sucias cubiertas de las tarjas estaban colgadas en los edificios y colgando sobre los mercados de frutas; las gotas de lluvia tamborileaban sobre los oxidados techos y vidrios rotos cubrían los caminos sucios. Las cubiertas plásticas de los dulces reunidas en el borde de cada charco y un hombre yacía con una botella vacía en cada banqueta. Mientras pasaba robó una pelota de futbol soccer de una pequeña niña.

Practicaba dominando el balón con sus rodillas al ritmo de sus sollozos mientras alcanzaba la playa. Daniel se encontró a un grupo de personas que también habían sido arrastradas al océano. Ellos cometían actos de juventud y practicaban los rituales festivos de la cultura californiana, las grabadoras sonando, sonando, y la música y ¡oh los juegos!. Tenían un momento de celebración, libre de la podredumbre.

Entonces la vio. Su grabadora sonaba; su cabello atrapaba la brisa caliente: cabello dorado, como el sol después de un partido de béisbol, flotando al rededor de su cara, una cara con la piel tan blanca y tan pálida, como una tortilla de harina, que se aproximó sin pensar.

– ¿Quieres bailar?

Ella se rió y se arregló el cabello, el sonrió y se arregló el suyo. Y entonces su sonrisa se fundió, sus ojos brotaron, y el volteó para ver que la había asustado. Un esbelto muchacho con cabello rubio y chaqueta de cuero rojo se paró frente a el sonriéndole. “Johnny”, susurró la multitud. Johnny comenzó rompiendo la grabadora. La música lo perforó. La sentimental y manufacturada música pop habló a su corazón y lo apenó, por sus lágrimas no corrieron las gotas de lluvia de Chopin o la luz de luna de Bethoven. La pureza de la música clásica no lo afectaba, no podría, porque él era el único emocionalmente afectado por el verdadero contenido lingüístico. Este fallo de su intelecto no podía ser descubierto por sus enemigos. Sobre todo, no podía ser descubierto por sus amigos.

Él habitualmente usaba una patada simple para destruir las grabadoras. Pero ¿qué era esto? Un joven esbelto con el cabello negro y los labios prominentes que se paraba frente a él, evitando el final del reproductor. ¿Podría este hombre ser un guerrero?

No importa. El estilo de Johnny, Goshido-Ryu, era invencible. Mientras la mayoría de las artes marciales japonesas eran derivadas de las artes marciales chinas, el Goshido-Ryu fue heredado del general mongol Subutai, quien había desarrollado inicialmente las técnicas del estilo de pelea mongol y el uso de la espada. Tácticas como la retirada fingida eran comunes. El mismo Subutai, en su senectud, se volvió débil y obeso y tenía que cargar un carro de madera.

Solamente los cintas negras en Goshido-Ryu entendían el porque.

– ¿Quieres bailar? – dijo Johnny, coincidentemente.

Los ojos de Daniel se cruzaron. Él lo atrajo con la misma patada de karate que usó para la puerta. Johnny la detuvo. Daniel no conocía otra técnica, así que bajó su pierna, pateando con la otra. Johnny la rechazó. Una vez que Daniel estaba a una milla de sus amigos. Johnny chifló y muchos mongoles, quienes eran sus amistades, surgieron desde el mar y golpearon a Daniel con golpes pequeños, y puños que tenían olor a leche.

Daniel subió las escaleras a su cuarto de nuevo, tenía los ojos amoratados. Una luz estaba encendida en otro departamento. Alguien aun estaba despierto. Daniel tocó la puerta. Un viejo oriental abrió la puerta. No era un mongol.

– Soy Daniel, – dijo Daniel.

-Soy Miyagi, – dijo el oriental

Después de decirle a Miyagi sobre su encuentro con Johnny, el oriental accedió a enseñar a Daniel el único estilo que sería capaz de derrotar al goshido-ryu, en los subterráneos Kumites de Montreal: “el kajido”. Nunca antes hubo un estilo similar. Desarrollado en Okinawa por las esposas de los granjeros, fue preservado secretamente ocultando sus técnicas más letales en movimientos estilizados de trabajo casero. El nombre, literalmente, se traduce como “el camino de los trabajos del hogar”. Kajido.

Miyagi tenía otro estudiante. Era Grayson. Su personalidad extraña y sociópata y su inmunidad al dolor al mismo tiempo le causaba repulsión y excitación a Daniel.

– ¿Cómo puedo seguir el camino de Grayson? – le preguntó a Miyagui un día, mientras practicaba la técnica de “hacer la cama”, “deshacer la cama”.

– Encuéntrame cerca del estanque de carpas – respondió amablemente el oriental.

Se encontraron en el bosque. Para llegar allí, Daniel subió las colinas entre los árboles muertos y sus pasos crujían en la hierba de color marrón; bebió de un arroyo de la montaña muerta que sabía a libros impresos recientemente. La corriente subió sinuosa, como cayó su agua, que fluye desde las montañas volcánicas cuyos picos estaban ocultos bajo la luz del sol. Daniel dejó el banco de rocas para subir a las faldas de la montaña.

Jadeante, llegó a un claro que estaba rodeado solamente por un anillo de árboles bonsai. Su corazón latía con fuerza. No sabía lo que le esperaba. Miyagi se sentó con las piernas cruzadas en el centro del anillo, borracho y meditando, una guitarra en su regazo. De repente, se levantó.

-Le debes hacer frente a tu mayor deseo. Si hablas dentro del anillo, si dices una palabra, nunca podrás desbloquear el secreto final del kajido.

Daniel se acercó al centro del anillo y se retiró de Miyagi. La guitarra estaba allí, esperando por él. La recogió y se sentó con las piernas cruzadas. Empezó a llover. Comenzó la tormenta.

Daniel interpretó una canción triste, sin palabras, que escribió cuando su padre fue asesinado por pandilleros de Malta. De repente, la chica del cabello dorado apareció en el lado oriental del anillo, su silueta borrosa por la tormenta. Daniel vio que estaba sola y sabía que podría querer hablar. Miró hacia el suelo y fingió no verla; empezó a tocar la canción que escuchó en la noche cuando soñaba con ella.

Cuando alzó la vista, ella se puso de pie mirando hacia atrás, sentada a unos metros delante de él, a solas y aún bajo la lluvia. Había zarcillos húmedos de cabello dorado pegados a su frente y gotas de agua corriendo por su cara pálida y cayéndole de la barbilla y la punta de los dedos. Sus ojos, brillantes, negros y profundos como lagos luz de la luna, se clavaron en ella sin asombro. Continuó jugando y ella comenzó a moverse, lentamente, y se puso a bailar, y comenzó a cantar una canción antigua en la lengua muerta de antiguos guerreros.

Su voz tenía las notas del aullido del viento en la cima de las montañas. Sus acordes poseían el temblor de un trueno a través de los valles. Y cuando su canción terminó, ella simplemente bailaba bajo la lluvia su solitaria música callejera; y cuando los acordes finalmente murieron se detuvo lentamente, una vez más, de pie delante de él y esperando.

Daniel casi hablaba, se atrapó a sí mismo sonrojado y buscó su guitarra. Él apartó la mirada de sus ojos ardientes. Miró hacia abajo y se quedó observando el suelo y tocó un tono de niños tontos. Cuando por fin se atrevió a mirar hacia arriba su silueta brillante ya se desvanecía y era difícil de distinguir, al igual que las notas finales de una canción.

Daniel lloró. Miyagi volvió a su lado. – Ahora lo sabes -, dijo, – lo que es tener el corazón de la tortuga. Debe ser suave, como la cara de la tortuga es suave, pero debe ser firme, ya que los brazos de la tortuga lo son. A partir de ahí la formación de Daniel tomó un nuevo giro. Miyagi y Grayson regularmente lo golpeaban con un bastón de madera. Su cuerpo se volvió tan suave y flexible como la piel de la cara de una tortuga, y bajo masajes frecuentes sus músculos se volvieron elegantes.

Un día, en el puente de madera que cruzaba el estanque de carpas, Grayson y Daniel estaban practicando una kata de kajido intermedia: “lavar plato, secar plato”. El sol estaba en lo alto del cielo y el viento soplaba con fuerza, lanzando ondas sobre las cabezas de las carpas naranjas que nadaban perezosamente entre las plantas acuáticas. Miyagi se acercó.

-Ahora está listo-, dijo Miyagi, -para aprender la técnica de final del kajido. – Daniel se inclinó. Miyagi se dirigió hacia el otro extremo del puente y tomó una escoba. Volvió y se la entregó a Daniel.

– Barrer a la izquierda, barrer bien-, dijo, lo que demostró con movimientos de barrido agraciado pero de gran alcance, los músculos de sus brazos morenos se tensaron, las manos ásperas, callosas, se movían con sorprendente elegancia. Le entregó la escoba a Daniel.

“Barrer la izquierda, barrer la derecha”. Daniel ejecutó la técnica. Miyagi se inclinó un poco, se volvió, y se fue, Grayson todavía estaba enfadado y burlándose de Daniel. Grayson continuó su plato kata, kata y Daniel su escoba. “Barrer la izquierda, barrer la derecha”. “Lavar plato, secar plato”. Parecía solo cuestión de tiempo antes de que su competencia se volviera mortal. Después de varias horas, sin embargo, cuando el sol se desvaneció, arrojando sus tonos naranjas luminiscentes a través del estanque, las hojas del otoño caían meciéndose llevadas por el fuerte viento de verano, Miyagi regresó. Le dio una banda para la cabeza de Daniel. Estaba adornada con las siete técnicas de trabajo de casa sagradas, cada una inscrita en bellos símbolos orientales dibujados a mano.

-“Ya estás listo para enfrentarte a Johnny. Ponte esto”.

Daniel ató la cinta alrededor de su cabeza. Sonrió, se contuvo, y se inclinó. Miyagi se inclinó hacia atrás y se fue. Daniel, en su euforia, alzó la escoba, triunfalmente, sus cerdas vibraban de forma majestuosa en el cielo del crepúsculo. La tomó sobre su cabeza, sus brazos temblaban, sus dedos se veían blancos contra la madera desgastada marrón, y gritó una expresión gutural, que hizo huir a la fauna cercana, que resonó a través del estanque y trajo lágrimas a los ojos de Grayson; las notas de su expresión eran puras, como el suspiro de un amante, como la leche de la madre, o el tacto del recién nacido, o los muslos de la viuda. Era el grito, algunas veces, del corazón de una tortuga.

El día del torneo llegó. Daniel y Johnny se enfrentaron a través de varios combates irrelevantes mientras que la música sonaba. Se enfrentarían en el combate final. Se decidió por un consejo de ancianos que las finales ocurrirían en un lugar neutral: Tome , pueblo en Okinawatown del Valle de San Fernando. Allí estaban en una torre elevada en el castillo del rey Shohashi, rodeados de agua, karatekas y amigos de Okinawa que los venían a animar. Allí estaban, uno atrás del otro, mirando más allá de los muros del castillo, a lo largo de la gran llanura del Valle de San Fernando. Se quedaron en las rocas talladas, pútridas con sus kimonos, un árbitro entre ellos. Había una tormenta otra vez. Era un tifón.

Grayson gritó de repente, desde la base de la torre, ¡era yo el que debería haber bebido de esta copa! ¡Soy el poseedor del corazón de la tortuga! Varios miles de mongoles estaban con él. El Valle de San Fernando ahora estaba inundado, el agua les llegaba hasta la rodilla. Las nubes de tormenta se congregaron y el fuego y los relámpagos empezaron a caer del cielo.

Los espíritus del vapor entraron en conflicto y respiraron, incendiando el valle. Atacaron el agua y se estremeció, pero no se marcharon. Se sumergieron en los elementos, los vapores fluyeron a través de la piedra, la tierra y el agua que se fusionó en esculturas de llamas. Se levantaron lentamente desde el mar revuelto, sosteniendo espadas que brillaban, como abrir y cerrar la luz estelar. Eran las almas del Ejército mongol. Los karatekas puntuales a su llamado vinieron para proteger la torre y una gran ola junto con ellos. Se reunieron los guerreros caídos en una guerra de carne y fuego. A medida que el mar cubrió las almas, liberó sus alas vigorosas que se propagaban como telarañas en mil hebras de piedra, lentamente ondulantes bajo la lluvia, que atrapan el viento mientras sus pies de piedra esculpida pueden caminar por la superficie del mar. Los karatekas abrieron sus puños y destrozaron la piedra, y las espadas de fuego de los mongoles quemaron la carne y carbonizaron el puño. Los karatekas gritaban y cantaban mientras caían y se llevaban a los mongoles con ellos. Nunca habían luchado tan gloriosamente.

Con Grayson y su ejército mongol decapitados por el filo de las manos, el árbitro señaló el comienzo del encuentro. La lluvia caía sobre ellos, el cielo oscuro, y Daniel sabía por la mirada en los hermosos ojos de Johnny que sería hasta la muerte. Dio un salto hacia adelante de repente, chocando su hombro en el pecho de Johnny, y los dos se cayeron y rodaron desde la parte superior de la torre hacia el borde.

Johnny recuperó su estabilidad con una destreza sobrenatural, con su agilidad élfica que era evidente a partir de la mirada de su rostro blanco y puntiagudo. Como Jhonny alcanzó a Daniel con el filo de su mano, cayó hacia él, pasando tan cerca de la cabeza que le cortó la oreja.

¡Punto para Johnny!” – exclamó el árbitro, lo que indica la puntuación – anotación con la mano.

Regresaron a la contienda, la sangre que brota de la herida en el costado de la cabeza de Daniel, mezclándose con la lluvia que cayó sobre ellos. Daniel recordaba todo, cada movimiento, cada finta, practicada y perfeccionada con la precisión de las técnicas conservadas del Kajido, el isomorfismo finalmente decodificado. Las aguas irrumpían, seguían aumentando a su alrededor, ahogando esta postdiluviana Tierra, eran una parte de él, recordando la técnica sagrada Kajido, “lavar, limpiar”, lavando la maldad del Valle de San Fernando.

Daniel, en su estado de dominio, saltó hacia delante con una técnica de Kajido otra vez, pero ellos fueron esquivados con maestría por el Goshido-Ryu de Johnny, las técnicas mongoles impermeables a la letalidad de las tareas domésticas de agarre.

Entonces Daniel, inspirado en algo profundo dentro de él, comenzó a atacar en combinación, bloqueo con un “encerar y pulir” y en seguida con el brazo doble “hacer la cama”. Johnny contrarrestado fácilmente cada vez con golpes rectos y torsión de lanza mongólica. Johnny estaba intacto, su cabello mojado muy rubio y elegante en la lluvia, pero la cara de Daniel estaba derramando sangre de una docena de heridas y su cuerpo núbil molido de los lanzamientos. Estaba aumentando desesperadamente. Johnny comenzó a lanzar combinaciones de codo de Mongolia, el último de los cuales rompieron la clavícula de Daniel.

-¡Un punto para Johnny!-, Exclamó el árbitro.

Daniel estaba agotado y golpeado, y comenzó a contemplar su muerte. De repente, una voz le llamó, de las aguas por debajo de ellos. ¡Daniel, barre la pierna!” 

Fue Miyagi, en un barco, luchando para no zozobrar en las aguas. Daniel entendió. La última técnica de Kajido. El más mortal de técnicas que se conservan en las tareas del hogar. Johnny se precipitó hacia adelante una vez más, un movimiento de balanceo con los codos. Daniel bloqueando con “lijar la cubierta” y sus brazos, de repente tomó la posición de la escoba, barriendo en un arco bajo y frente a él, rompiendo ambas rodillas de Johnny.

¡Un punto para Daniel! – Gritó el árbitro. Johnny se derrumbó, arrodillado ante Daniel, quien pronunció un poderoso “hacer la cama” a la parte posterior de la cabeza, fracturando el cráneo.

– ¡Un punto para Daniel!

El marcador estaba empatado. Johnny yacía tembloroso boca abajo en la piedra, y Daniel se acercó con cautela, buscando apertura. Este punto fue crítico. Ejecutó la técnica de “cortar la carne” a la parte posterior del cuello de Johnny, lo decapitó.

¡El ganador es Daniel!, – Exclamó el referí.

Pero no había nadie para felicitarle. El barco de Miyagi se había volcado. En algún lugar de esas profundidades del rugido de ese mar antiguo, un amable oriental yacía muerto, y aún así, entre las olas rodó y cayó la lluvia, habían pasado eones. Daniel, cansado del árbitro, barrió con la pierna y lo empujó fuera de la torre. Pateó la cabeza y el cuerpo de Johnny en las aguas. Y, con la vista sobre el valle, se dio cuenta de que la chica rubia encontraba en alguna parte, con Miyagi y Grayson, bajo el mar indiferente. 

Daniel se sentó solo a la mitad de la torre y miraba a un mar infinito. Sus sueños se habían ahogado y sus ojos eran claros. Se puso la guitarra en su regazo y tocó su canción sin emoción. Se acordó de su cabello dorado. Mientras tanto, tocaba su música que hizo eco en la torre y sobre las aguas. El eco dio su forma a la lluvia que cae delante de él. Daniel sonrió a la chica brillante que bailaba lentamente con la canción. Su sonrisa se desvaneció cuando se dio cuenta, seguía tocando, no había nada realmente allí, excepto la lluvia que cae".


Cuentos de Kenzaburō Ōe

No hay comentarios:

Publicar un comentario