martes, septiembre 15

Otelo

 


«YAGO

Señor, la honra en el hombre o la mujer

es la joya más preciada de su alma.

Quien me roba la bolsa, me roba metal;

es algo y no es nada; fue mío y es suyo,

y ha sido esclavo de miles.

Mas, quien me quita la honra, me roba

lo que no le hace rico y a mí me empobrece.


OTELO

¡Vive Dios, dime lo que piensas!


YAGO

No podría, ni con mi alma en vuestra mano,

ni querré, mientras yo la gobierne.


OTELO

¿Qué?


YAGO

Señor, cuidado con los celos.

Son un monstruo de ojos verdes que se burla

del pan que le alimenta. Feliz el cornudo

que, sabiéndose engañado, no quiere a su ofensora;

mas, ¡qué horas de angustia le aguardan

al que duda y adora, idolatra y recela!


OTELO

¡Qué tortura!


YAGO

El pobre contento es rico y bien rico;

quien nada en riquezas y tema perderlas

es más pobre que el invierno.

¡Dios bendito, a todos los míos

guarda de los celos!


OTELO

¿Por qué, por qué dices eso?

¿Tú crees que viviría una vida de celos,

cediendo cada vez a la sospecha

con las fases de la luna? No. Estar en la duda

es tomar la decisión. Que me vuelva

macho cabrío si mi espíritu se entrega

a conjeturas tan extrañas y abultadas

como tus alegaciones. Para darme celos

no basta con decir que mi esposa es bella,

sociable, sabe comer y conversar, canta,

tañe y baila: estas prendas le añaden virtud.

Y mi propia indignidad no me causa

la menor duda o recelo de su fidelidad,

pues tenía ojos y me eligió. No, Yago;

quiero ver antes de dudar. Si dudo, pruebas;

y con pruebas no hay más que una solución:

¡Adiós al amor o a los celos!»


William Shakespeare


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