lunes, agosto 6

El alma rusa

« En el momento de meterse en la cama, todos sus proyectos, todos sus arrepentimientos, todos sus remordimientos se habían evaporado. Se sorprendió de encontrarse la conciencia serena, el corazón consolado, hasta alegre casi. Se sonrió en el semblante asustado del obispo y se sintió satisfecho de haberle causado miedo... Además, ¿qué mal había cometido?... ¿No era un hombre después de todo?... ¿No había obedecido a un impulso natural de sus sentidos?... Los otros curas no se privaban de aquella diversión: testigo de ello, aquel crápula de arcipreste, que concluiría en presidio algun día, y el gran vicario, que, a pesar de sus maneras puritanas, recibía en su casa un montón de viejas devotas histéricas... Y no hablaba de los otros, que instalaban sus concubinas en sus presbiterios bajo el nombre de sobrinas, primas o criadas... ¿Habia deseado una mujer, había querido tomarla?... A por que no se había dirigido a la sombra cómplice de los confesionarios, donde el aliento de los curas se mezcla al aliento de las penitentes, donde, de los labios aproximados, se escapan preguntas que enervan y confesiones que abrazan?... Verdaderamente era demasiado bestia al exagerar así siempre las cosas, desnaturalizarlas, engañarse, ¡perder la cabeza por un sí o un no!... Y la campesina se presentó ante él, tal como se le había aparecido en el crepúsculo, con sus miembros robustos y su olor poderoso de juventud ; no solamente no intentó esta vez apartar la imagen aparecida, sino que al contrario, esforzóse en retenerla, en fijarla, en hacerla de cualquier manera tangible, en completarla y en recordar también la turbación exquisita y furiosa con que fuera tan extrañamente sacudido »



Octave Mirbeau