sábado, julio 23

Una broma pesada

« Jaime era un tipo excéntrico y divertido, aunque alguna de sus bromas resultaba de dudoso gusto. Supongo que se trataba de una manera de llamar la atención [..] »


« Vivía solo en un apartamento del centro. Tenía una gran obsesión con la muerte. Una vez puso su propia esquela en el periódico. Ese día no abrió a alguien la puerta ni descolgó el teléfono, como si estuviera muerto de verdad. A la mañana siguiente acudió a su propio funeral y recibió en la puerta de la iglesia a los amigos y condolientes, que habían ido a despedirlo por última vez, con la alegría de quien acaba de resucitar.

También pasaba largas temporadas ausente, sin salir ni recibir visitas. Cuando lo llamaba preocupado por su largo silencio, me respondía con una voz que parecía brotar del fondo de una montaña. Durante esos días, se convertía en otro hombre, el protagonista de una de sus bromas, un sonámbulo, un muerto viviente, alguien incapaz de hacer reír a alguien. Hasta que volvía a recobrar su humor negro. Esa forma irónica que tenía de reírse de la vida. Me llevaba muy bien con él, pero me daba miedo que en cualquier instante pudiera ser capaz de realizar una broma demasiado pesada, como de hecho ocurrió más tarde.

Nunca tuvo algún empleo. Jaime había recibido una herencia millonaria de su padre que murió cuando él era todavía un niño y no tuvo necesidad de trabajar para buscarse la vida. Sin embargo, parecía obsesionado en complicársela. Pasaba el tiempo leyendo y viendo películas. Cuando salía a la calle bebía de una forma compulsiva, como si quisiera olvidar todo lo que había visto y pensado en la soledad de su casa. Nunca lo vi borracho. Ni tampoco lo vi serio, ni triste, ni preocupado; excepto cuando se retiraba del mundo y me respondía al teléfono.Un día se le ocurrió poner en el contestador este escueto mensaje: «Estoy muerto». Como es lógico, ninguno de los amigos pensó ni por un momento que fuera cierto. No cabía duda de que se trataba de una nueva broma. Lo llamé varias veces al teléfono fijo y al móvil y en ambos respondía con el mismo mensaje. No pude evitar imaginarlo encerrado en un ataúd con el teléfono sonando en el bolsillo de la americana. Durante meses lo estuve llamando por teléfono sin obtener respuesta. Ya no decía que estaba muerto. Supuse que se habría acabado la batería del móvil. Fui varias veces a su casa pero no abría la puerta ni se oía el más mínimo sonido en el interior. Los vecinos tampoco sabían algo de él. Alguien dijo que una mañana temprano lo vio salir del portal con una maleta. Hoy, dos años después, creo que la voz del mensaje decía la verdad. Quizás algún día resucite y todos nos riamos, pero la tristeza de estos meses nadie nos la quita ».



Garriga Vela