domingo, julio 17

Reencuentro

« El Mercat de Sant Antoni mostraba una gran animación pero sin llegar a las aglomeraciones que se solían formar cada domingo. Las vacaciones de agosto se hacían notar también en algunos de los puestos en los que solo se veían aquellos viejos y amplios baúles de madera que escondían las mercancías que ese día no iban a ser expuestas.

Aún así pude encontrar varios puestos que ofrecían libros viejos de valor incalculable que, irónicamente, se vendían a 2 ó 3 euros.

Me fijé en un pequeño puesto casi escondido en un recodo. El mostrador apenas una caja de cartón, lo atendía un niño de no más de 12 años y su único artículo expuesto era un tarro de cristal vacío. La gente pasaba de largo como si no existiera pero algo hubo en aquel chico que me hizo pararme ante su menudo y original puesto. Me miraba fijamente pero sin que me molestara su mirada, su expresión era extraña, daba la sensación como si me hubiera reconocido y esperara que yo le reconociera a él.

Al acercarme vi que el tarro no estaba vacío, en su interior se movía un extraño aire violeta .Algo me impulsó a comprarlo.

- ¿Cuánto pides chico?- le pregunté
- No puedo cobrarle por algo que le pertenece. –
me dijo sin dejar de mirarme a los ojos con una expresión tan familiar que me aturdía.

Sorprendido por sus palabras, sopesé el tarro y lo miré por arriba y por abajo. Iba a preguntarle qué era aquello pero al levantar de nuevo la mirada , el chico había recogido su caja de cartón y se perdía ya entre la multitud.

Aquello se movía arrítmicamente: en ocasiones se mostraba agitado y se golpeaba frenético contra la tapa hasta el punto de dar la sensación de que era capaz de mover el tarro mínimamente, en otros momentos giraba lentamente por los laterales, formándose en anillo. Pocos eran los momentos en los que parecía descansar, ocupando toda la extensión del fondo del tarro.

No sólo su movimiento y sus formas variaban, también su color, siempre en tonos índigo, tanto más intensos cuanto más agitado se mostraba. Abrí la tapa con facilidad y me quedé observando como reaccionaba aquello que en su interior se agitaba.

El aire violeta salió despedido del tarro con la forma de un cometa, por un momento quedó suspendido ante mis ojos como si desease que lo recordara, manteniéndose suspendido en forma de una alargada espiral. Finalmente tomó de nuevo su forma de anillo, dio dos vueltas alrededor de mi cabeza, se detuvo de nuevo ante mis ojos y al mismo tiempo que parecía difuminarse y dividirse en pequeños fragmentos desapareció por mis ojos, por mi nariz y por mi sorprendida boca que se mantenía abierta como la del bebé que descubre los sonidos, los movimientos y los colores.

Todo había sucedido en apenas un par de segundos, unos segundos que ralentizados por su intensidad me habían parecido minutos.“No puedo cobrarle por algo que le pertenece”, recordé las palabras del chico.

Descubrí que no era el tarro, ni la frase del niño, ni el aire índigo que había bailado para mí, y me había saludado antes de introducirse en mí, lo que me tenía tan extrañado. 


Era que me sentía bien, extraordinariamente bien, era tal la alegría que sentía por haber recuperado lo que mío era que ninguneaba el dolor que me producía el reconocer que yo mismo lo había extraviado hacía demasiado tiempo ».