viernes, junio 29

Música de cañerías

« -Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo, cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.

- ¿Y qué? ¿Qué tiene de malo el amor, Tony?
-El amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos hace sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas a una persona cuando hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a conocerlas? Pero nunca las conoceremos.
- Sí, de acuerdo, pero hay que hacer todo lo posible.
- Concedido. Pero hay que tener en cuenta, de todos modos, que el amor es sólo consecuencia de un encuentro al azar. La mayoría de la gente le da demasiada importancia. […] »
Charles Bukowski


Medida por medida

« Claudio.-¡La muerte es una cosa terrible!
Isabela.-¡Y una vida en la vergüenza, despreciable!
Claudio.-¡Sí!… Pero morir e ir no sabemos adónde; yacer en frías cavidades y quedar allí para pudrirse; este calor, esta sensibilidad, este movimiento, convertirse en un puñado de blanda arcilla; esta inteligencia deliciosa, bañarse en olas de fuego, o residir en alguna región escalofriante, de murallas de hielos espesos; estar aprisionado, en vientos invisibles y arremolinarse, con violencia sin tregua, en derredor de un mundo suspendido en el espacio; o volverse más miserable que el más miserable de esos seres que imaginan aullando pensamientos inciertos y desarreglados. ¡Es demasiado horrible! La vida terrenal más penosa y más maldita que la vejez, la enfermedad, la miseria o la prisión puedan imponer a una criatura, es un paraíso en comparación a lo que tememos de la muerte »
 

William Shakespeare

jueves, junio 21

T.V. vulgar



« Una noche soñé que de las pantallas de todos los televisores surgía un río de veneno. Al despertarme apagué la televisión y, aunque ya han pasado dos años, no he vuelto a prenderla. Espero que no me pase lo que le pasó al héroe de esta historia:

Un hombre sabio, versado en Astrología, vio el futuro y descubrió, azorado, que un grupo de enfermos mentales iba a apoderarse de la Televisión, para programar emisiones y comerciales tan abyectos que atacarían el espíritu de los espectadores, contagiándoles la locura. Comenzó a llamar a sus amistades para prevenirlas: “¡Si no quieren atrapar graves deformaciones mentales, dejen de ver televisión!” ¡Nadie le creyó! ¡No pudieron privarse de encender las peligrosas máquinas! El sabio salió a la calle intentando convencer a los ciudadanos: recibió burlas, insultos y empujones. Trató de escribir denuncias en los periódicos: intereses creados impidieron la aparición de sus advertencias. Internet, en forma solapada, hipócrita, borró sus mensajes. Cansado, se encerró en su casa y esperó el fatídico día. Efectivamente, un grupo de locos, disfrazados de eficientes ejecutivos, apoyados por comerciantes rufianes, se apoderaron de los canales para programar espectáculos de tan mal gusto e imbecilidad, cuajados de malignos comerciales explotando los complejos de la gente, que toda la población cayó en estado de locura. A la bella realidad se substituyó una mercantilista, llena de egoísmo, competencias, violencia, fealdad. Cuando el sabio salió de su casa, encontró la enfermedad general. Las personas, con la mirada extraviada, muertas del alma, se peleaban por consumir alimentos nocivos y comprar cosas inútiles, guiadas por una moral de pacotilla. El sabio trató de hablar con ellos, razonar. ¡Lo trataron de loco y comenzaron a agredirlo! ¡Fue excomulgado so pretexto de que padecía una enfermedad contagiosa! Muerto de hambre, porque no le vendían comida, desesperado, encendió su televisor. ¡Al cabo de unas horas de ver sandeces, ya estaba loco! Acomplejado, amargado, violento, salió a la calle. ¡Todos lo felicitaron por su mejoría, aplaudieron su cordura y lo aceptaron en el rebaño de voraces consumidores!

¡Tengamos cuidado de las realidades artificiales que grupos sin escrúpulos intentan hacer pasar por normas definitivas: defendamos nuestra esencia original porque en ello nos va la vida! »



Alejandro Jodorowsky
 
 

 

jueves, junio 14

La Sinfonía Divina

« Cuando abro mis ojos al mundo exterior, 
me siento como una gota de agua en el océano; 
pero cuando cierro mis ojos y miro interiormente, 
veo el universo completo como una burbuja levantándose 
en el océano de mi corazón ». 


Hazrat Inayat Khan


miércoles, junio 13

A paso de cangrejo

« Recientemente un discípulo pensativo (como Critón) me preguntó: "Maestro, ¿cómo puede uno aproximarse bien a la muerte?". Yo le respondí que la única manera de prepararse para la muerte es convencerse de que todos los demás son pendejos.

Ante el estupor de Critón le aclaré:"Mira -le dije-, ¿cómo puedes aproximarte a la muerte, aunque seas creyente, si piensas que, mientras tú mueres, jóvenes sumamente deseables de ambos sexos bailan en la discoteca divirtiéndose de lo lindo, ilustres científicos penetran los últimos misterios del cosmos, políticos incorruptibles están creando una sociedad mejor, diarios y televisiones se dedican a dar solamente noticias importantes, empresarios responsables se preocupan de que sus productos no degraden el medio ambiente y se dedican a restaurar una naturaleza de riachuelos potables, pendientes boscosas, cielos límpidos y serenos protegidos por el oportuno ozono, nubes suaves que destilan lluvias dulcísimas? El pensamiento de que, mientras suceden todas estas cosas maravillosas, tú te vas, resultaría insoportable.

Ahora intenta pensar que, en el momento en que adviertes que estás abandonando este valle, tienes la certeza imperecedera de que el mundo (seis mil millones de seres humanos) está lleno de gilipollas, que son gilipollas los que están bailando en la discoteca, gilipollas los científicos que creen haber resuelto los misterios del cosmos, gilipollas los políticos que proponen la panacea para todos nuestros males, gilipollas los que llenan páginas y páginas de insulsos cotilleos sin importancia, gilipollas los productores suicidas que destruyen el planeta. ¿No te sentirías en ese momento feliz, aliviado, satisfecho de abandonar este valle de pendejos? »


Umberto Eco


El chico de ensueño

« El chico de tus sueños nunca es el de tu corazón, 
porque cuando un sueño se consigue, deja de serlo 
y, entonces, la realidad lo hace vulgar ».





La antigua magia

« Aline meneó la cabeza con una sonrisa melancólica.
-Nadie me mirará jamás como me miras tú. 
Como si me amaras con cada centímetro de tu ser.
Con ademán lento, él sujetó un mechón de su cabello detrás de su oreja.
-Es así como tú también me miras a mí.
Ella le tomó la mano y besó la áspera superficie de sus nudillos.
-Prométeme que siempre estaremos juntos.
Él, sin embargo, permaneció callado, 
porque ambos sabían que no podía hacer esa promesa

-Eso suena muy bien para un cuento de hadas. 
Pero yo ya no creo en los cuentos

-Prométeme...
Él la estrechó contra sí, le acarició la espalda 
y frotó la mejilla contra su cabello.
-Te prometo lo que quieras. Lo que quieras.
-Si alguna vez te casas con otra, prométeme que siempre me amarás a mí.

-Mi dulce amor egoísta -murmuró él con ternura- 
Mi corazón siempre será tuyo, me has destrozado para el resto de mi vida » 


Lisa Kleypas


martes, junio 12

So-portar

« A lo largo de la vida la gente te volverá loco, te faltará el respeto, te tratará mal y te lastimará. Deja que Dios lidie con las cosas que ellos hacen, porque el odio en tu corazón terminará por consumirte a ti ».

Will Smith

lunes, junio 11

El tiempo

« Imagínate que hay un banco que cada mañana te da un crédito por 86,400 pesos, la cantidad no varia de un día a otro es la misma cada mañana, no te pide que mantengas ningún saldo mínimo y cada noche cancela cualquier parte de la cantidad que no hayas podido utilizar durante el día. ¿Qué harías?, obviamente retirar hasta el ultimo centavo, ¿verdad?. Bueno, cada uno de nosotros tiene una cuenta en ese banco, se llama tiempo. Todas las mañanas nos acredita con 86,400 segundos. Cada noche hace una baja, y da como perdido, cualquier cantidad que no hayas invertido en un buen propósito. No permite sobre-giros y cada día se abre una cuenta nueva para ti. Si no has podido utilizar la cantidad del día, entonces la perdida es tuya, no del banco. No hay vuelta atrás, no se permite pensar en el mañana. Debes vivir el presente con el deposito de hoy. Inviértelo de forma que obtengas salud, éxito y felicidad »




domingo, junio 10

Un milagro en equilibrio

« Así que sin elegirte te elegí, porque, repito, son las elecciones inconscientes las únicas sinceras y yo, conscientemente, nunca pensé en tenerte (…) La memoria se rige según sus propios caprichos: es petulante y da o quita sin razones lógicas. Y , a veces, trae a la luz desde lo oscuro un pasado presente de repente pero que no existía hasta entonces , dándole la vuelta a los hechos como si se trataran de un abrigo muy usado, como si el tiempo y las certezas fueran reversibles. Pero, ¿es verdad que lo recordamos? Quizá lo hemos imaginado, o quizá hemos reconstruido una historia a partir de ciertos datos, añadiendo luego otros que sólo corresponden a la cosecha de nuestra imaginación (...) Del mismo modo, lo que yo pueda o no recordar puede ser, o no, del todo exacto. Al fin y al cabo, ¿qué es mentir sino recordar algo que no ha sucedido? »

Lucía Etxebarría




El hacha & la rosa

« Me gustas cuando dices tonterías, 

cuando metes la pata, cuando mientes, 
cuando te vas de compras con tu madre 
y llego tarde al cine por tu culpa. 
Me gustas más cuando es mi cumpleaños 
y me cubres de besos y de tartas, 
o cuando eres feliz y se te nota, 
o cuando eres genial con una frase 
que lo resume todo, o cuando ríes 
(tu risa es una ducha en el infierno), 
o cuando me perdonas un olvido. 
Pero aún me gustas más, tanto que casi 
no puedo resistir lo que me gustas, 
cuando, llena de vida, te despiertas 
y lo primero que haces es decirme: 
«Tengo un hambre feroz esta mañana. 
Voy a empezar contigo el desayuno» »


Luis Alberto de Cuenca


Memorias de Idhum

« - He renunciado a todo cuanto conozco- prosiguió Christian tras ella-. A todo el poder que me pertenecia por derecho. He dado la espalda a mi gente, a mi padre... incluso he renunciado a mi identidad... a mi nombre... por ti. Dime ¿qué mas he de hacer? Quizá cuando me veas caer a tus pies, muriendo por tu causa, seas capaz de comprender por fin hasta qué punto soy tuyo.

Había hablado con calma, sin levantar la voz, pero Victoria percibio la profunda amargura que ocultaba tras sus palabras y ya no pudo aguantarlo por mas tiempo. Se volvió hacia él, queriendo decirle lo mucho que significaba para ella... pero Christian se habia marchado »


sábado, junio 9

Esqueleto




« Todos mis pensamientos son de hielo 
( Ya son de hielo )
Todos mis huesos están cansados 
( Ya están cansados )

Tan joven y tan hermosa 
Tan fácilmente  manipulada
Ellos me dijeron que esperara 
(Yo creo... )

Todo esto ha hecho una persona de mí 
Tú me quitas la diversión 

Y he sido constante al maldito sueño 
Y he pagado todas mis deudas 
Solo para tenerte de vuelta 
Una persona simple con un simple deseo 

¿Qué debería  haber dicho? 
¿Qué debería haber hecho? 
Los caballos ya están aquí, 
El daño esta hecho. 
Solo quítate la camisa 
Y solo quitate tu vestido 
Quizá seguiremos bailando
algún sábado, no sé 

Todo esto hizo otra persona de mí, 
Tú me quitaste la diversión. 

Y he sido constante al maldito sueño 
Y he pagado todas mis deudas 
Solo para tenerte de vuelta 
Era una persona simple con un simple deseo. 
Ahora sólo soy un esqueleto »


viernes, junio 8

Morir o matar

« Te sentaste justo al borde del sofá
como si algo allí te fuera a morder. 
Dijiste: "Hay cosas que tenemos que aprender, 
yo a mentir y tú a decirme la verdad, 
yo a ser fuerte y tú a mostrar debilidad, 
tú a morir y yo a matar." 

Y después se hizo el silencio 
y el silencio fue a parar 
a una especie de pesada y repartida soledad, 
y la soledad dio paso a un terror que hacia el final 
nos mostró un mundo del que ninguno quisimos hablar. 

Y así eran nuestras noches y así era nuestro amor, 
comenzaba en el silencio, continuaba en el terror, 
y otra vez de allí al silencio. 
Dime, 
¿para qué hablar de lo que pudo haber sido 
y de lo que jamás será, 
tratando de adivinar qué fue eso que hicimos tan mal?, 
si, en fin, se trata de morir o de matar. 

Así que, si aún andas por aquí, 
y alguien vuelve a romperte, amor, 
con dinero, encanto y alguna canción, 
por favor, prepárate para huir. 
Vete lejos y limítate a observar esta escena tan vulgar. 

Conoció a unas cien mujeres y a cincuenta enamoró, 
conoció a otros tantos hombres y con tantos se acostó, 
y fundió todo el dinero y la gente se cansó de escuchar 
noche tras noche la misma triste canción. 

Y ahora ve que el universo es un lugar vacío y cruel, 
cuando no hay nada mayor que su necesidad en él. 
Y encendiendo un cigarrillo se comienza a torturar 
y habrá cerca alguien gritándole "hágase tu voluntad" 
y el "la culpa sólo en parte es mía y en parte lo es de los demás"

De lo que se trata es de morir o de matar, de morir o matar. 
 Fue aquella gitana que nos leyó el porvenir, 
dijo "uno es el asesino y el otro el que va a morir"
Y salimos de allí y me mirarte asustada 
y el miedo sonó en tu voz: 
"antes de que tú me mates, prefiero matarme yo"

Y emprendiste así tu huida y yo corrí a mi habitación 
y mezclé en una cuchara el polvo blanco y el marrón. 
Y con la sangre aún resbalando te llamé desde ese hotel: 
"Por favor, entiende que algo no funciona en mí muy bien"
Y al otro lado te oí llorar y yo seguí y no colgué, 
y me suplicaste: "Déjame de una vez, déjame de una vez"

Y tus párpados cayendo se me antojan guillotinas, 
y te observaré durmiendo y me pondré a susurrar: 
"nuestras almas no conocen el reposo vida mía, 
pero si hay algo que es cierto es que te quiero un mundo entero 
con su belleza y su fealdad. 
¿Por qué no puedes aceptar que esto no se trata más que, 
amor mío, de morir o de matar, de morir o matar?" 

 Moriré, moriré, moriré ... moriré, moriré y es lo único que sé. 
Moriré, moriré ... moriré y cuando lo haga al fin ya nada 
va a impedirme descansar y así 
obtendré la santa paz que en vida no gocé jamás, 
pues hasta morir la única opción siempre es matar, siempre matar »


El detective privado

« Nuestras historias privadas se pueden volver irreconocibles al pasar de boca en boca. Todas las personas que conocemos nos inventan. La familia, los propios amigos, seguro que expresan opiniones a nuestras espaldas que nos sorprenderían y no siempre de manera agradable. A menudo ocurre que ellos contemplan a una persona muy alejada de la que nosotros creemos ser. Desde que recuerdo, siempre he tenido una enorme curiosidad por descubrir lo que los demás murmuran de mí cuando no estoy delante.

Un día me puse a investigar. Cada vez que salía con alguien le preguntaba lo que opinaba de tal o cual conocido y la persona en cuestión se explayaba. Me ponía en el lugar del hombre o la mujer que estábamos criticando y me sentía realmente mal. No me habría gustado que nadie dijera esas cosas de mí. Me refiero a pequeños detalles que a primera vista parecían carecer de importancia pero que enturbiaban la imagen del ausente. Me dediqué a tirar de la lengua a los amigos sobre conocidos comunes y la mayoría de ellos salieron bastante mal parados. Algunos recibían críticas más benevolentes pero siempre surgía algún comentario oscuro, alguna inquietante duda que ensombrecía su pasado. Llegué a la conclusión de que existía una extraña necesidad de desprestigiar a todo el mundo.

Al llegar a casa, apuntaba los comentarios en una libreta. Llegué a reunir varias libretas que todavía guardo y que ayer me puse a revisar. He pensado en escribir una novela con los juicios que he ido recogiendo durante los últimos años. Pero resultaría terrible que los protagonistas del libro descubrieran la falsedad de las relaciones que han mantenido a lo largo de su vida. ¿Quién iba a pensar que las personas que más querían y en las que más confiaban eran sus peores enemigos? Las personas que más queremos son las que poseen mayor capacidad para herirnos.

A medida que investigaba e iba descubriendo lo que realmente pensaban unos de otros, me fui aislando en mi propio mundo. Cuando me acostaba no lograba conciliar el sueño imaginando las calumnias que dirían de mí. Al final, a nadie llamaba por teléfono y cuando alguien trataba de comunicarse conmigo apenas hablaba. Dejé de salir con los amigos y las escasas ocasiones que me convencieron para vernos me mantuve distante y callado. Me llamó la atención que mi cambio de actitud no les alarmó. Ellos conversaban amigablemente, se reían, eran felices. Sin embargo, yo sabía el desprecio que ocultaban. Me entraban ganas de interrumpirlos y decirles a la cara lo que me habían confesado en privado. Pero los detectives privados tienen que desvelar el resultado de las investigaciones sólo a sus clientes y en este caso yo era mi propio cliente ».



José A.  Garriga Vela






jueves, junio 7

Carta al psicoanalista

« Feliz 53.° cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. (…)

Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya. (…)

Al principio pensé que debería matarlo para ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. De día, no cierra las puertas con llave. Da siempre el mismo paseo por la misma ruta de lunes a viernes. Los fines de semana sigue siendo de lo más predecible, hasta la salida del domingo por la mañana para comprar el Times y tomar un bollo y un café con dos terrones de azúcar y sin leche en el moderno bar situado dos calles más abajo de su casa. Demasiado fácil. Acecharlo y matarlo no habría supuesto algún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido que prefiero que se suicide. 

Ricky Starks se movió incómodo en el asiento. Podía notar el calor que desprendían las palabras, como el fuego de una estufa de leña que le acariciara la frente y las mejillas. Tenía los labios secos y se los humedeció en vano con la lengua. 

Suicídese, doctor.

Tírese desde un puente. Vuélese la tapa de los sesos con una pistola. Arrójese bajo un autobús. Láncese a las vías del metro. Abra el gas de la estufa. Encuentre una buena viga y ahórquese. Puede elegir el método que quiera. Pero es su mejor oportunidad. Su suicidio será mucho más adecuado, dadas las circunstancias de nuestra relación. Y, sin duda, una manera más satisfactoria de que pague lo que me debe. Verá, vamos a jugar a lo siguiente: tiene exactamente quince días, a partir de mañana a las seis de la mañana, para descubrir quién soy. Si lo consigue, tendrá que poner uno de esos pequeños anuncios a una columna que salen en la parte inferior de la portada del New York Times y publicar en él mi nombre. Eso es todo: publique mi nombre. Si no lo hace… Bueno, ahora viene lo divertido. Observará que en la segunda hoja de esta carta aparecen los nombres de cincuenta y dos parientes suyos. Su edad comprende desde un bebé de seis meses, hijo de su sobrino, hasta su primo, el inversor de Wall Street y extraordinario capitalista, que es tan soso y aburrido como usted. Si no logra poner el anuncio según lo descrito, tiene una opción: suicidarse de inmediato o me encargaré de destruir a una de estas personas inocentes. Destruir. Una palabra muy interesante. Podría significar la bancarrota financiera. Podría significar la ruina social. Podría significar la violación psicológica. También podría significar el asesinato. Es algo que deberá preguntarse. Podría ser alguien joven o no alguien viejo. Hombre o mujer. Rico o pobre. Lo único que le prometo es que será la clase de hecho que ellos –sus seres queridos– no superarán nunca, por muchos años que hagan psicoanálisis. Y usted vivirá hasta el último segundo del último minuto que le quede en este mundo sabiendo que fue el único responsable. Salvo, por supuesto, que adopte la postura más honorable y se suicide para salvar así de su destino al objetivo que he elegido. Tiene que decidir entre mi nombre o su necrológica. En el mismo periódico, por supuesto. Como prueba de mi alcance y del extremo de mi planificación, me he puesto en contacto hoy con uno de los nombres de la lista con un mensaje muy modesto. Le insto a pasar el resto de esta tarde averiguando quién ha sido el destinatario y cómo. Así por la mañana podrá empezar, sin demora, la tarea que le espera. Lo cierto es que no espero que sea capaz de adivinar mi identidad, por supuesto. Así pues, para demostrarle mi deportividad, he decidido que a lo largo de los próximos quince días voy a proporcionarle una pista O dos de vez en cuando. Sólo para que las cosas sean más interesantes, aunque alguien intuitivo e inteligente como usted debería suponer que esta carta está llena de pistas. Aun así, ahí va un anticipo, y gratis. 

"La vida era alegre en el pasado: un retoño y sus padres a su lado. 
El padre soltó amarras, se largó, y entonces todo eso se acabó". 

La poesía no es mi fuerte. El odio sí. (…) »


John Katzenbach




miércoles, junio 6

¿Saben de qué les voy a hablar?

« Nasrudín acababa de llegar a un pequeño pueblo de Medio Oriente. Era la primera vez que estaba en ese lugar, y sin embargo, apenas se apeó de su mula, una pequeña comitiva de habitantes le informó que en el auditorio mayor del pueblo se había reunido una multitud que, enterada de su presencia, lo esperaba para que les dirigiera unas pocas palabras. Nasrudín no pudo evitar ser conducido ante la gente que lo ovacionó tan solo al verlo acercarse. Nuestro héroe, que realmente no sabía qué podía decirles, se propuso terminar lo más rápidamente posible. El "disertante" se plantó ante la gente que aplaudía y, después de una breve pausa, abriendo los brazos, se dirigió a todos:

- Supongo... -empezó con gran ampulosidad- que ya saben qué es lo que he venido a decirles...

Al cabo de unos minutos interminables, se escucharon algunos murmullos y finalmente el pueblo respondió:
- No... ¿Qué es lo que tienes que decirnos? No lo sabemos. ¡Háblanos!

Nasrudín creyó ver una oportunidad de librarse de la incómoda situación y dijo:
- Si han venido hasta aquí sin saber qué es lo que yo tengo que decirles, entonces... no están preparados para escucharlo.

Y dicho esto, se dio media vuelta... y se fue.

Todos se quedaron de una pieza. Algunos ensayaron una risa nerviosa, suponiendo que Nasrudín volvería al podio, pero no sucedió. La confusión se adueñó de los asistentes, habían venido aquella mañana para escuchar al gran iluminado y el hombre se iba sencillamente diciéndoles esas pocas palabras.

Lo que pasó después, casi podría preverse. Nunca faltan algunos que presuponen que si no entienden algo, es porque lo dicho es sumamente inteligente y los que, sintiéndose incómodos en esas situaciones, se sienten obligados a demostrar cuánto valoran la inteligencia.

Uno de ellos, que estaba presente, dijo en voz alta, mientras Nasrudín se alejaba:
- ¡Qué inteligente!

Y, por supuesto, cuando alguien no entiende nada y otra persona dice: "¡Qué inteligente!", para no sentir que es el único tonto, repite: "¡Sí, claro, qué inteligente!". Muy probablemente por eso, todos los presentes comenzaron a repetir:
- ¡Qué inteligente!
- ¡Qué inteligente!

Hasta que alguno añadió:
Sí, qué inteligente, pero... Qué breve, ¿verdad?

Y otro, que pertenecía al club de los que además de necesitar disimular detrás de una explicación lógica lo que no la tiene, agregó:
- Es que tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque, como el maestro dice, ¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí sin siquiera saber qué es lo que venimos a escuchar? ¡Qué tontos! Hemos perdido una oportunidad maravillosa.
- ¡Qué iluminación, qué sabiduría!
- Tenemos que pedirle a ese hombre que ofrezca una segunda conferencia... -terminaron reclamando muchos a coro.

Así fue que decidieron ir a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada por lo que había ocurrido en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que su conocimiento era demasiado profundo para transmitirlo en una sola conferencia.

Nasrudín les dijo:
- No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

Pero la gente comentó:
- ¡Qué humilde!

Y cuanto más insistía Nasrudín en que nada tenía para decir, mayor era la insistencia de la gente en que quería escucharlo otra vez. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguietne, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde se había congregado aún más gente, pues todos los ausentes habían escuchado del éxito de la conferencia del día anterior. Muchos de ellos habían preguntado:
- ¿Qué dijo?

Pero invariablemente los que habían asistido contestaban:
- No somos capaces de explicártelo, hay que escucharlo de su propia boca... Pero cuidado: si decides venir y pregunta si sabes qué ha venido a decirnos, hay que contestar que sí.


Nasrudín, de pie ante el público, seguía sin saber qué decirles, así que insitió en su táctica:
- Supongo que ya saben lo que he venido a decirles.

La gente, alertada, no quería ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; de modo que todos dijeron:
- Sí, claro, por supuesto que lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudín, con la cabeza abatida, añadió entonces:

- Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decir, no veo la necesidad de repetirlo.

Se dio la vuelta y se volvió a marchar. El público se quedó estupefacto, ya que aunque en este caso habían contestado todo lo contrario de la primera vez, el resultado había sido exactamente el mismo. Después de un tenso silencio, otra vez alguien gritó:
- ¡Brillante!

Era uno de los que había estado el día anterior y que ahora no quería dejarse ganar. Intentaba establecer que, esta vez, se había dado cuenta del mensaje antes que el mundo. Y cuando "los nuevos" oyeron que alguien había dicho "¡brillante!", no quisieron quedarse atrás:
- ¡Qué maravilloso!
- ¡Qué espectacular!
- ¡Qué sensacional, qué estupendo!

Uno de los que sí había estado el día anterior se puso de pie y anunció:
- ¡Claro que es estupendo, es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer! -intentando con esta frase marcar la diferencia de sabiduría con los que venían hoy por primera vez...

Todo se transformó en un gran aplauso, hasta que algún otro dijo:
- Fantástico sí, pero... Demasiado breve.
- Es cierto -se quejó otro.
- Capacidad de síntesis -justificó el experto que había hablado antes.

Y de inmediato se oyó a varias voces gritar:
- Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos ofrezca más de su sabiduría!

Una delegación de notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no merecía el elogio de ser invitado a dar tres conferencias y que, además, debía regresar ya a su ciudad.

Le imploraron, le suplicaron, le rogaron una y otra vez; invocaron a sus ancestros, a su progenie, a todos los santos, le pidieron que diera la conferencia en nombre de lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó, un poco inquieto, dar una tercera y definitiva conferencia.

Una verdadera multitud se había reunido. En esta ocasión, la gente se había puesto de acuerdo: nadie debía contestar lo que el maestro preguntara. Si hacía falta una respuesta, el alcalde del pueblo sería el portavoz. Él contestaría en nombre de todos.

Por tercera vez de pie ante el público, Nasrudín dijo:
- Supongo que ya saben lo que he venido a decirles.

El alcalde, desde la primera fila, se puso en pie, giró para dirigir una mirada cómplice al pueblo y casi desafiante dijo:
- Algunos sí y otros no.

En ese momento se produjo un largo aplauso que estremeció el auditorio. Luego todos hicieron silencio y las miradas se posaron en el maestro. Nasrudín respondió:
- En tal caso, que los que saben les expliquen a los que no saben.

Y con un giro casi teatral... se fue »


Idries Shah


Recuerdo esta historia por dos o tres razones importantes:
La primera:  Porque yo seguramente no sé lo que algunos creen que yo sé.

La segunda: Porque la persona que, quienes me leen, conocen a través de lo que publico en este blog es una síntesis de las cosas, que, como ya dije, aprendo de otros, verdaderos sabios y maestros con los que he tenido el gusto de encontrarme e identificarme en la vida, en persona y en muchos libros, y que yo encuentro y comparto únicamente en los mejores momentos de mi vida. De hecho, éstos son los únicos momentos en los cuales puedo descansar y transcribir. Como lo he dicho miles de veces, yo no soy escritora: soy una estudiante, una pedagoga, una nini, una joven que escribe de cosas que lee o que transcribe cosas que escucha, y lee...pero no soy una escritora. Y seguramente por eso, para sentarme a poner mis gustos, energía y pensamientos en palabras, necesito estar en algunos de esos momentos.

Y la tercera razón por la que un día como hoy recurro a esta historia, es porque todos estos diálogos se refieren a temas de los que más que probablemente ya tengas una opinión o incluyan aspectos que conoces y dominas quizá mucho mejor que yo, por lo menos para el ámbito de tu propia vida.

Mi intención no es pues, la de asombrarte con mis ideas (aunque tal vez alguna te subleve un poco, quizá te ofenda) sino obligarte a repensar las tuyas y sistematizar aquellas en las que coincidimos. Así aprendemos casi todo lo que sabemos, estando alerta cada vez que los que más saben nos enseñan a los que menos sabemos.

Para que no te aburras ni me aburra yo, como cada vez que nos encontramos , voy a necesitar tu colaboración, y como no te tengo, me voy a tomar el permiso de imaginarte. Son tus preguntas las que me mantendrán alerta, me estimularán y convocarán, a veces sí y otras no, lo mejor de mi. Gracias por estar aquí de visita involuntaria en mi querida búsqueda.






martes, junio 5

Fin del sufrimiento

« "No te quieres rendir", Rendirse significa "aceptar este momento como es". Pero no serás capaz de rendirte a menos que estés sufriendo mucho, y ya hayas tenido suficiente. Y en determinado momento reconoces que todo ese sufrimiento es autoinfligido (te lo haces tú), es creado por no querer aceptar las cosas como son, es creado cuando interpretas las cosas a tu manera de algo que ya Es.

El sufrimiento proviene de los pensamientos, de la manera que interpretamos las cosas, no de la situación. Los seres humanos crean su propio sufrimiento. Así que, te das cuenta que ya tuviste suficiente, y solamente cuando ya tuviste verdaderamente suficiente sufrimiento en tu vida, eres capaz de decir: "Ya no necesito este sufrimiento".

El sufrimiento es un gran maestro. Es la única forma de aprendizaje espiritual de muchas personas. El sufrimiento te hace profundizar, poco a poco, te hace interiorizar, te muestra cuál es el ego. Para algunas personas este conocimiento llega cuando sienten que ya tocaron fondo. Lo que hacen es alimentar el sufrimiento hasta que llegan al punto de estar listos para escuchar el mensaje que dice: "Hay otra forma de vivir sin crear más sufrimiento para ti mismo". Cuando estás listo para escuchar este mensaje, que es realmente el mensaje que hay en la espiritualidad, llega el fin de vivir en un estado de sufrimiento.

Por tanto, uno podría decir que necesita sentir el sufrimiento para darse cuenta de que ya no necesita sufrir más. Si no ha sufrido, esta enseñanza no podría existir. Porque como ser humano, no crecería espiritualmente si no hubiera sufrido.

Cuando ya no te causas más dolor a ti mismo, porque recuerda que son tus pensamientos y la forma de ver las cosas lo que te hace sufrir más que todo (no es la situación, sino la interpretación tuya de la situación). Cuando ves eso, ves que hay otra forma de vivir en la cual ya no luchas mentalmente para tratar de cambiar lo que Es, es cuando llega el fin del sufrimiento autoinfligido. Y si ya no lo hago conmigo mismo, tampoco lo haré con los demás ».


Eckhart Tolle




lunes, junio 4

Consciencia: reflexiones desde el diván

« “Me doy cuenta que siempre supe lo que acabo de saber”, es una expresión que en psicoanálisis alude a cómo un acontecido saber ha quebrado el suceder de la desmemoria. En el orden individual esto supone el atravesamiento de algún núcleo patógeno promotor de resistencia. Algo equivalente puede darse en una comunidad cuando ceden las condiciones intimidatorias frente a las cuales un individuo, o muchos, pretenden refugiarse en la renegación (negar y negar que se niega). Esta irrupción de la memoria develando lo ya sabido, suele corresponderse con la instauración de una utopía atípica, en tanto tiene tópica hoy y aquí. Lo esencial de esta utopía “moderna” es que se trata de otra distinta doble negación: negarse a aceptar aquello que niega (oculta) los hechos que hasta entonces intimidaron.

Todos estos fenómenos, exaltados por tiempos del terrorismo de estado, hacen oportuno interrogante acerca de la probable existencia, en los inicios del aparato psíquico, de alguna disposición que preanuncie una renegación capaz de invalidar, en los adultos, su coraje frente a la hostilidad. Es posible que así sea, y nos ayudará a dilucidar la cuestión una idea –por cierto bastante peregrina– de Ronald Fairbairn. La leí hace años sin asignarle durante todo este tiempo demasiado valor teórico. No obstante nunca la olvidé. Voy a citarla de memoria, atento a cómo se fue organizando mi recuerdo. Aquel texto debería decir más o menos lo siguiente: si un lactante, frente a la demora de los suministros necesarios a su vida, pudiera pensar, pensaría a sus padres como incondicionalmente crueles ya que habiéndolo traído a la vida, lo matan con indiferente abandono. La única manera de hacer condicional esta incondicionalidad, dependería de otro pensamiento: no es que ellos sean crueles, es que los odio y me castigan, si los amo viviré. Encuentro que esta imaginativa “construcción” aclara en algo aquel posible antecedente infantil de la renegación. Cuando Fairbairn “hace pensar” a un lactante, es posible que estuviera referido a sus primitivas vivencias, dando letra a huellas infantiles en una memoriosa resignificación. Así surgiría ese saber acerca de lo que siempre se “supo” por estar inscripto sin posible palabra.

Por mi parte mantuve latente durante décadas lo que ahora cobra el significado que aquí presento. Existen otros remotos textos que van en la misma línea que sugiere Fairbairn. Ellos se refieren a otra infancia, la de la tradición judeo-cristiana. Es así que la Biblia alude al impronunciable nombre de Dios, aquel que entregó a Moisés las primeras tablas donde figuraba ese ilegible nombre. Cuando este regresó a su pueblo, rompió con ira las tablas mientras ordenaba el total aniquilamiento de los idólatras desconocedores de su poder. Un primer genocidio consignado bíblicamente. En las segundas tablas, ahora con letra, figuraba la ley de Dios.

Bien pueden estos dos momentos míticos ilustrar aquello que Fairbairn hizo, y en cierta forma yo reitero, poniendo pensamiento, a futuro, en impensables –y a su manera ilegibles– propias experiencias iniciales. Bien pueden ser aquellas primeras figuraciones, donde una maldad incondicional obliga a sometimiento, el origen de ese Señor de la vida y de la muerte, prefigurando en el inconsciente de los seres humanos, una deidad significada incondicionalmente cruel, ante la que sólo resta el sacrificio como eje de toda religión.

Es quehacer propio del psicoanálisis vaciar de tal significado de crueldad a estas inscripciones, abriendo la posibilidad de instaurar lo que entendemos por el Nombre del padre. Un nuevo significante articulador de la ley, en primer término, del lenguaje. El mito bíblico, como todo mito, constituye un lenguaje donde descifrar una verdad que apuntale la necesaria valentía para no recusar, cuando ello es posible, el saber sobre la crueldad y sus efectos.

Para un psicoanalista resulta esencial despejar en sí mismo estos puntos ciegos; lo contrario supone el riesgo de una connivencia, en el sentido de “ojos cerrados” y aun “guiño cómplice”, con lo cruel. La abstinencia psicoanalítica se degrada cuando es connivencia indiferente. Entonces puede aproximar aquel “matar con indiferente abandono” »



Fernando Ulloa




domingo, junio 3

Onetti a las seís


"Para M.C. Querida Tantriste: Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso (…) En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía."

Juan Carlos Onetti

« Después vinieron las preguntas a partir de Onetti, no entiendo por qué Onetti dice "el frenético aroma absurdo que destila el amor", un aroma absurdo y frenético, no sé qué puede ser, el amor huele a rosa y a jazmín, a esperanza, y por qué eso de"trataba de reorganizar rápidamente mi confianza en la imbecilidad del mundo", cómo imbecilidad del mundo, acaso el mundo es imbécil, no lo hizo Dios, no hay gente inteligente, genios, Mozart, Bécquer, Leonardo, Juana de Ibarburú, Einstein, Julia Prilutzky-Farny, pero seguro que hay gente imbécil, dijo alguien y reímos con pocas ganas, casi hartos. Cómo se puede confiar en la imbecilidad, prosiguió María Calviño, poniendo los ojos más redondos que nunca, platos redondos del color de mi bandera, porque uno confía en la inteligencia ¿no es cierto? Siempre concluía: Onetti es muy extraño" y repetía sola: "confiar en la imbecilidad",“reorganizar la confianza en la imbecilidad".

Habrá sido una tarde en que Giménez y yo tomábamos un whisky en el bar de enfrente del taller de Quesada cuando apareció María Calviño, Santa María Calviño, envuelta en una nube dorada, vestida de rosa, seguida por la brisa del paraíso terrenal. Empezó a preguntarnos por Onetti, "yo no sé cómo hay que leerlo, es tan extraño".

—Mirá —le habló Giménez sin mirarla y tal vez con piedad— . Dejá todo eso. Onetti no es para ti.

En cambio yo enarqué las cejas, la invité a sentarse a mi lado, puse mi mejor voz de caballero británico y mientras me expulsaba el polvo dorado que caía sobre mi pantalón, le mostré un vaso de whisky.

—Tienes que tomar mucho whisky para entenderlo. Onetti es un destello ¿entiendes? Un resplandor.

Sacó un cuadernito forrado con vírgenes de Rafael y anotó: "Tomar whisky, Onetti es un destello, un resplandor".

—Un resplandor, un destello, sí —dijo ella olvidando el whisky y emocionada por las palabrejas—. Una luz, quiere decir un brillo.

Sonreí con elegancia como se puede sonreír frente a Oxford o en un club de gentleman. Y completé mi pensamiento:

—Pero sobre la mierda.

Los platos azules se quedaron inmóviles, estupefactos. Creyó oír mal. ¿Sobre qué?, preguntó. Lo repetí, gusté de la palabra, ese néctar. La imaginé a ella desnuda, en cuatro patas, hablándome de sus ruiseñores y de sus misales, mientras yo le contaba de Juntacadáveres o de la tan triste que calentaba en la boca un caño de revólver como lo haría con un sexo. Después fui más explícito dando cuenta de una precisa escatología brillante situada en el fondo de una escupidera, cuyo perfume era en terminología onettiana "el frenético aroma absurdo que destila el amor".

—También olor a sexo usado —proseguí— a intestinos, a descomposición.

Le veía el pecho sacudirse de arriba hacia abajo, el vestido rosa a punto de recibir una metralla. Parecía retener con desesperación sus pájaros, sus ángeles, sus jazmines. Giménez se daba vuelta para no mostrar la risa creciendo en sus dientes desparejos.

—¿Te imaginás al pájaro patas arriba y con las tripas afuera, al ángel defecando, al jazmín podrido en un agua con olor a ciénaga? Bueno, todo eso lleno de resplandor, de pequeñas lucecitas enceguecedoras. Pero tienes que beber, María. Tomarte varios vasos y no de whisky sino de tinto barato con gusto a vinagre en un bar asqueroso. Entonces quizás entiendas algo.

Casi sin gestos, anotaba. Cuando pidió vino tinto nos miramos con deseos de agonizar, de morir allí mismo entre estertores y carcajadas. La hacíamos beber y beber casi sin pausas hasta que no podía escribir y le bailaban los ojos.

—No puede ser decía y a lo mejor lloraba o a lo mejor llorábamos nosotros de risa—, habiendo tantas cosas lindas en el mundo, por ejemplo cuando una alondra canta su primer canto por la mañana, cuando una mujer le dice a un hombre que lo ama.

Y hasta nos daban ganas de aplaudir y así seguimos indefinidamente no sé por cuánto tiempo pero ella preguntó de repente dónde vivía Onetti, con una voz que ya no era la de ella, una voz de cansancio. Giménez me hizo un guiño y yo captando su pensamiento expliqué:

—Vive por aquí, a la vuelta, en una pensión de la calle Piedras— no sé por qué pensaba en Risso, el personaje de "El infierno tan temido": Estoy solo y me estoy muriendo de frío en una pensión de la calle Piedras, aunque Risso hablaba de Santa María y yo de Malos Ayres.

Lo inventamos amigo nuestro, íntimo. En un chasquido se metía en nuestros portafolios, en el bolsillo de la camisa, en el hueco de la mano. María ya era un desecho. No escribía, no miraba. Había cierto peligro en esos ojos disueltos hasta el vacío, en esa posibilidad de negro paraíso. Bruscamente sentí algo viscoso en la garganta que puede haberse asemejado a una especie de lástima. Sería porque estaba tan borracho como ella, sería porque estaba harto de reírme.

—¿Ves esta llave? —le pregunté.

Saqué una llave cualquiera, una llave de ninguna parte que no sé por qué razón tenía conmigo.

—No sé para qué sirve esta llave, cuál es la puerta que le han destinado. Ni sé para qué la llevo. Cuando tomo mucho me acuerdo de la llave. Y digo: puede ser que esta llave abra la puerta de alguien. Pero la gente es una basura, una basura más chiquita, mediana, más grande, gigantesca. Hay de todos los tamaños. Como no hay gente, sólo me sirve para abrir puertas de los libros. Así leo por ejemplo que hay una estrella azul o que tiembla el corazón de una montaña. Y veo que también los libros son basura. Entonces abro las puertas de Onetti que no te habla de estrellas azules ni de corazones que tiemblan. Te hace relumbrar la basura pero no deja de recordarte que es basura. Con esta llave que no sirve, entro en el mundo onettiano, en Santa María o lo que fuere y me doy cuenta de que para entenderlo del todo tendría que tragar la llave, sentir el gusto metálico en el paladar, el gusto de lo que no abre alguna puerta ¿entiendes? Claro que no entiendes, ni vas a entender nunca. Seguí con tus pajaritos.

Giménez me oía entre divertido y espantado. La cabeza me daba vueltas, tenía ganas de inclinarme para el aplauso, agitaba la llave, pero María ya no estaba. El discurso fue seguramente mucho más largo. Se habría escapado en la mitad: tal vez no lo había escuchado nunca.

Abandonó el taller, me contó Giménez. No dejó de narrarme los acontecimientos de Quesada ni sus carcajadas cuando Giménez le relataba con muecas y exageraciones nuestro diálogo en el bar. Sin embargo un día la vi en el mismo bar y me dijo que no había vuelto al taller porque estaba preparando su "Informe sobre Onetti". Leyó con voz monótona y hasta destemplada este fragmento de Matías el telegrafista: "Para mí, ya lo sabe, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan. Y después averiguar qué hay detrás de estos y detrás hasta el fondo que no conoceremos nunca". Y luego preguntó:

—¿Qué quiere decir esto?

Me encogí de hombros.

Porque es lo mismo que decir que no me importa lo que me pasa con el Tipo, lo que él haga, sino saber qué hay en el fondo de todo esto. Yo creía antes que había que soñar para olvidarse de él. Pero ahora resulta que hay que revolver y revolver.

¿De qué me hablaba? ¿Qué Tipo era ése? Me leyó un informe incomprensible y caótico donde la mierda con destellos se mezclaba con el Tipo (lo ponía con mayúsculas) con el vino, la calle Piedras, las fotografías pardas de "El infierno tan temido" o la cara de tramposo de "Matías el telegrafista", los pájaros patas arriba, los ángeles con diarrea, la basura de gente, los jazmines podridos, el gusto metálico de las llaves de libros, esas que no abren ninguna puerta. El resultado parecía una especie de poema surrealista entre interesante y espantoso, pero con ciertos matices de belleza.

—Dame ese informe —le dije estremecido y asqueado—. Se lo voy a llevar a Onetti. Él te va a ayudar, no lo dudes.

María Calviño se abanicaba, hasta me parecía que hablaba sola. El rosa del vestido seguía desprendiendo olor a pájaros muertos. Le conté a Giménez y pensamos que pediríamos ayuda a Ricardo Olivieri para que dijera llamarse Juan Carlos Onetti, para que le dictara incoherencias al informe. Llamé por teléfono. Me atendió un pedazo de voz, un hilo.

—Onetti quiere conocerte. Le he dado tu dirección. Irá el lunes a las seis a visitarte.

—¿Conocerme a mí? —comenzó María Calviño— ¿Conocerme a mí?

Creí que el "conocerme a mí" seguiría hasta el infinito. Caminaba por calles y calles y seguía oyendo "¿conocerme a mí?". Con Giménez nos imaginábamos la cara de Quesada, de la gente del taller, cuando María Calviño dijera, sacudiendo su polvo dorado, con voz quebrada de poetisa en trance de suicidio, de Pizarnik llorando con unas pastillitas en la mano, que Onetti, el mismísimo Onetti había ido el lunes a las seis a visitarla. Recordaba a una María roja, con ojos cerrados como si hubiese tragado somníferos, atacada de paludismo y fiebre intermitente, que después de hablar por teléfono, recorría calles y calles, ¿conocerme a mí?

Llegamos hasta el punto de escribirle y entregarle nosotros mismos una misiva. La escribí yo, los otros miraban. Empezaba como la carta del comienzo de "Tan triste como ella".

"Querida tan triste María:

Comprendo, a pesar de las ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de conocernos. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nos entenderemos. No conocernos sería mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. No intento excusarme invocando nada. Acepto los futuros momentos dichosos. En todo caso, perdón. Aunque nunca mire de frente tu cara, aunque nunca te muestre la mía.

J.C.O."


La similitud de espejo al revés con el comienzo de "Tan triste como ella" hacía más ridícula la carta a María:

—Me escribió a mí. Juan Carlos Onetti me escribió a mí.

Llegó el lunes. Fui media hora antes a la casa de María Calviño para efectuar la presentación. Entré en un zaguán viejo y me recibió vestida de negro con estas raras palabras:

—Estoy de luto por mi anterior vida. Ahora pienso y vivo en el mundo de Onetti.

Tenía una sonrisa muy rara, se desplegaba como un abanico. Tenía unos ojos de leopardo que antes no tenía, dos leopardos muertos en platos vacíos. Entré en un comedor mugriento y en desorden.

—Lo preparé todo especialmente para este encuentro —murmuró y la voz era una especie de navaja, un cuchillo que cortaba rebanadas de aire. Después subí a una pieza con una cama de matrimonio. La pared estaba llena de estampitas, recortes de revistas con puestas de sol, almanaques con pájaros, noches estrelladas, parejas besándose, cartones con acuarelas que representaban ángeles y corazones, fotografías de actrices lánguidas de los comienzos del cine, una biblioteca de novelas románticas. Poesía para solteronas, libros de autoayuda, títulos como "Aprenda a ser feliz" o "Te amaré para siempre", "Mía para la eternidad", vitrinas con estatuas almibaradas y caracoles. Ante mi asombro empezó a romper todo, a hacer pedazos los libros, las fotografías, los dibujos, los almanaques, las cajitas musicales, las basuras de las vitrinas. Semejante hecatombe, la violencia de sus gestos me empezaron a asustar, y más cuando abrió un ropero y se dedicó a arrojar ropa sucia con perfume a naftalina y sudor. Algunas prendas salían por la ventana, otras se depositaban en cualquier parte.

—Gracias por todo esto, Juan Carlos Onetti —exclamó de golpe y me pareció que le hablaba al aire, a un posible Juan Carlos Onetti que estaría por llegar.

—Ya son seis menos cinco —susurré, deseando que esta escena de locura terminase pronto, arrepentido de haberla fomentado, con ganas de putear a Giménez, a Quesada, con ganas de que Olivieri no viniese, de que alguna grieta en la pared me permitiese la huida—. Onetti debe estar por llegar.

—Onetti ya ha llegado —habló María Calviño clavándome esos leopardos que se desperezaban en los platos vacíos—. Es para vos que hago esto.

—¿Para mí? —logré balbucear.

—Yo sé que cierto Onetti, premio Cervantes, vive en España, y que vos me escribiste. ¿Qué me importa del otro? Vos sos Juan Carlos Onetti, vos me mostraste la llave para abrir esos libros. Yo ya no puedo encerrarme en esta pieza a soñar disparates. Mis pájaros tienen las tripas afuera, mis jazmines están podridos. Hace diez años que vivo con alguien, marido creo que se llama. Yo lo llamo "el Tipo". Viene, habla con el loro, con el espejo, con cualquier cosa. Vomita en los rincones, escupe. Yo quería otro mundo, pero no hay caso. Vos tenés razón, Onetti. Hay mierda y lo único bueno es sacarle lustre a la mierda, verle los resplandores. Es bueno tomar la llave de los libros, abrirlos, pero después tragar la llave. Yo la tragué. Hace tiempo que necesitaba esto.

Oímos el timbre como si hubiéramos oído maullar a un gato. Yo la miraba sin poder desprender mis ojos de esos platos grises vacíos, de ese brillo a escombros, a mesa de póquer con fantasmas. El timbre seguía y seguía.

Gracias por haberme escrito, Onetti. Por haberme llamado "tan triste María". Gracias a ti tengo confianza en la imbecilidad del mundo. Quiero hacerte un regalo, mostrarte lo que soy capaz de hacer.

Hablar ya no tenía sentido. La locura era la pared, el techo, el piso, los muebles, ella, el timbre, yo mismo. La seguí. Lo que vi ya no será posible contarlo.

Porque después yo ya no estaba allí y quizás ya estaba en ninguna parte. A grandes lengüetazos lamía los bordes de todos los objetos, de la misma locura, de cierta manera de ella tan feroz de clavarme los ojos, ella, María, Santa María, ella la tan triste, diciéndome, mirá Onetti, éste es el Tipo, lo hice para ti, para que veas que soy capaz, para que veas que como tú rompí el candado, me tragué la llave, tenía gusto metálico, al principio creí que era más difícil, pero era fácil, era cuestión de averiguar qué había detrás y así hasta el fondo que después de todo no conoceremos nunca, y había un tipo en el suelo sobre una enorme mancha roja, un tipo muerto, gracias Onetti, vos tenías razón, yo soy la tan triste, la de la enorme tristeza, la de la tristeza que no tiene límites, y el timbre seguía sonando y yo pensaba, son las seis de la tarde, yo soy Onetti, ella es la tan triste, he abierto la llave de los libros, la tengo aquí, es la llave de ninguna parte, los libros no sirven, son papel pegado o cosido, letras sobre papel pegado o cosido, pero ella sí ha tragado la llave y ahora estoy yo aquí solo con el gusto metálico en la lengua, sabiendo que la llave está en mi boca y que debo tragarla ».


Liliana Díaz Mindurry