jueves, diciembre 20

El Helpíng hand

« Walter Robinson siguió el autobús G-75 mientras aceleraba por el paso elevado de Julia Tuttle, dejando atrás la playa en dirección al centro de Miami . Era medio día y el autobús desprendía eructos humeantes por el tubo de escape, que eran absorbidos por el calor como una esponja.

Miami tiene una fisionomía lineal. La ciudad se extiende hacia el norte y el sur a lo largo de la costa, aferrada a la bahía Vizcaíno con tenacidad urbana, adoptando la imagen que no solo quiere mostrar al mundo, sino también una especie de porte interno proveniente de las aguas azules y brillantes.

Este año ha empezado a expandirse hacia el oeste hacia la empapada extensión de los Everglades, donde se alzan urbanizaciones y centros comerciales como un montón de forúnculos en la espalda infectada de un hombre. No obstante, en actitud y esencia, Miami continúa siendo una ciudad costera, orientada hacia los prados siempre cambiantes del océano verde-azúl.

A pesar de ello, Robinson odiaba el agua.

No es que no le gustase disfrutar de su contemplación, una vista que buscaba con frecuencia, especialmente cuando estudiaba algún caso difícil. Hacía tiempo que había descubierto que el ritmo del mar tenía un sentido sutil y alentador y que el machacón sonido de los rompientes le ayudaban a concentrarse. Por ello, apreciaba el mar y la bahía como herramientas de ayuda profesional. Su odio, sin embargo, era más de tipo político.

Llevaba un plano de la ciudad extendido en el asiento del pasajero y cuando el bus maniobró para bajar por la Vigésimo Segunda Avenida, anotó la ubicación de todas las casas de empeño y las casa de cambio dnde hacer efectivos los cheques. La frecuencia de este tipo de establecimientos era deprimente, al menos había uno por manzana. Las casas de empeño le interesaban en particular.

« Pero ¿Cuál de ellas?- se preguntó-. ¿'Cuál de ellas te abrió en mitad de la noche? ¿En cuál entraste para librarte de los últimos restos de pánico? ¿ En cuál te ofrecieron un trato rápido, fácil y sin preguntas? »

Sólo era una conjetura. El sabía que los cacos experimentados realizaban sus transacciones fraudulentas en un lugar que frecuentaban a menudo. Con alguien de confianza y al margen de la ley.  O con un perista que pudiera ocupase de joyas caras.

Pero los peristas se cuidaban con no tener tratos con los enganchados al crack, pensó Robinson. Así, pues, siguió conjeturando, su presa no tenía en Liberty City un sitio habitual donde llevar su mercancía. Siguió conduciendo.

- No tío- dijo en voz  alta-. Estabas completamente colgado y querías librarte de todo cuanto antes, así que una casa de empeño ya te iría bien. Una que tú supieses que lleva dos contabilidades. Una donde simplemente te aflojasen unos billetes de diez o de veinte sin hacer preguntas. Lo justo como para que no te hagas rico, pero tampoco como para que te vayas a otro sitio, ¿correcto? 

En la ruta del G-75 había unas 7 tiendas de este tipo. Robinson aparcó y sonrió para si.

« Seguro que no querías andar demasiado, sólo pensabas en librarte de aquellas cosas rápidamente, coger algo de efectivo y olvidarte del gran paso que habías dado. ¿Sabes a qué me refiero, tío? El que separa a un ratero de un verdadero delincuente. El paso que te llevará al corredor de la muerte en Raiford, donde te preguntarás qué coño has hecho con tu vida y porqué te será arrebatada ».
 
 
John Katzenbach